Por: Laidi Fernández de Juan
Cuando te conocí hace once años, imaginé que algún día volverías a tus estudios de medicina. Me equivoqué. Me empezaron a llegar tus libros, y te vi transformar en un escritor de verdad. Joven, atrevido, (a veces demasiado), pero tenaz.Hasta que un día, por esta suerte casi maldita que tengo para que me hagan jurado de eventos, (sólo superada por la del argentino Vicente Battista, que cuando le preguntan cuál es su oficio responde “jurado”, pobre amigo nuestro), coincidimos un libro tuyo y yo, en la convocatoria al Premio literario Fundación de la ciudad de Santa Clara, en el 2006.
La isla inmersa, me llamó la atención, sin saber que eras el autor. Me gustaba su estilo cinematográfico (más que teatral, como se señala en la contraportada, donde aparecen palabras del acta del jurado que yo no recuerdo). Me gustó que fuera un ciclón el leiv motiv de toda la historia, me parecieron muy bien diseñados los personajes, lograda la atmósfera de encierro, y los diálogos inteligentes.
Fuiste el premio, y mi alegría se duplicó al saberte el responsable de lo que acababa de leer. Porque ya no veía tus, a veces, excesivos atrevimientos (que en literatura, créeme, no son muy bien recibidos), ni la temblorosa (por joven) escritura tuya de antes.
Esta breve novela, La isla inmersa, de la Editorial Capiro, muestra tu madurez de escritor, el hábil uso de las intertextualidades (Jean Paul Sartre, Lezama, Eliseo Diego), aunque no voy a elogiarte en exceso.
Volver a leer la novela, ahora, ya en forma de libro, me provoca críticas, que te fueron perdonadas en ocasión del manuscrito. Como si el mero hecho de haber sido evaluada por un editor, seguramente mucho más acucioso que nosotros, los jurados de entonces, signifique el natural mejoramiento que toda obra literaria sufre al convertirse en “algo de verdad”.
La trama, que insisto, es muy buena, ocurre en un hotel indeterminado de Cuba, cuando los huéspedes quedan atrapados por el advenimiento de un ciclón. Tus personajes están bien delineados, cada uno con sus caracteres definidos, y resultan coherentes. Sin embargo, no nos enteramos hasta pasadas varias páginas que la llamada “gorda operática” es responsable, de alguna manera, de mantener el orden y la ecuanimidad entre los visitantes. Puede parecer una banalidad, pero para entender el nivel de angustia que causa el obligado encierro, es importante que desde el inicio el lector o la lectora sepa quién puede tener determinada autoridad en el relato, porque eso significaría que la expectativa de la lectura será razonablemente conducida.
En el momento en que todos ya saben que no podrán desplazarse en un tiempo aún sin definir, pendientes de los informes metereológicos que logren escuchar a través de la radio, se establece un diálogo que parece injertado de una novela inglesa del siglo pasado. De Agatha Christie, por ejemplo:
“-La palma es larguirucha, en cambio la ceiba es amplia, y de un follaje admirable. ¿No le parece?
-Sí. La ceiba tiene un encanto que no tiene la palma real, pero no puede negarme que un grupo de ellas bastaba para ofrecer cobija a unos cuantos.
No me resulta verosímil, querido amigo Geovannys, que a punto de quedar atrapados por x tiempo, dos personas se entretengan en semejante consideración. Más aún, cuando al pasar la página, ya sabemos que los huéspedes están hambrientos, y preocupados. Por cierto, uno de ellos, (el señor de la calva pronunciada) dice “¿cómo se supone que vamos a resolver el problema de la comida? No sé ustedes, pero tengo un hambre insaciable”; entonces me asalta la duda de cómo sabrá ese señor que su hambre es insaciable, si no ha intentado saciarla antes.
Por último, te diría que aunque me encantan los adjetivos (no soy de esos (as) escritores que temen adjetivar), encuentro algunos en tu novela, que casi rozan al disparate.
El personaje que encarna al escritor (mi preferido), decide arriesgarse a descender hasta el sótano inundado, en busca de alimentos. No es su apetito quien lo impulsa, sino su necesidad de impresionar a la mujer que llamas L. Excelente recurso. Pero ¿qué te obligó a ti, como escritor, a decir lo siguiente?:
“ -¡Yo bajaré!- agregó el escritor, una vez más, con presunta convicción marxista”
Supongo que fue un chiste tuyo, Geovannys, porque no veo relación entre el marxismo y el hecho de querer demostrar que los machos son más atrevidos que las mujeres. No, prefiero no dejarme provocar, aunque vuelves a la carga más adelante, al decir “en ese instante se verificaban más casualidades que necesidades, más contenidos que formas”. Una de dos: O nos estás contando la historia de un encierro involuntario, logrando crear una atmósfera de límites, o quieres jugar con la filosofía. No me queda claro.
Y para terminar con los adjetivos que no me gustaron, y siempre adoptando mi postura de mujer, me pregunto qué quisiste decir con “y sin que ella lo esperara, la besó con mezquindad, con miedo.” No, amigo, la mezquindad no conoce el miedo. O al menos, no soy capaz de imaginar un beso que sea al mismo tiempo mezquino y miedoso.
Terminas con un poema de Virgilio Piñera, memorable y bien escogido para la ocasión, y créeme, a pesar de lo que te escribo, me fue muy grata la lectura de tu novela. Volvería a seleccionarte como ganador, y el balance, para utilizar un chiste de lenguaje post- marxista, es positivo. Los conflictos que surgen en la medida en que pasa el tiempo, las incertidumbres, los amores que se descubren en medio de la resignación, todo está muy bien contado, y nos parece que no fueron breves instantes los que pasaron, sino años, dada la intensidad con tú que eres capaz de contar. Y de atraparnos.





