Por: Liuvan Herrera Carpio
Codorniz
El aguacero de codornices decapitadas siega el hambre a los que cruzan el desierto. Una lluvia de pájaros sin cabeza es una lluvia sin cabeza.
Mientras el orador despluma las gotas, la arena se contenta al recibir los pétalos del ave que lentamente se deshojan.El orador es el marinero del desierto. Tras la tormenta de codornices naufragó: no ha podido soportar la desarmada fuga de la arena en su vuelo.
Tigre
Para Virgilio,
antes de ser devorado
La piel del tigre es una trampa. Cuando mi hijo abre los ojos, como un grito frente al animal, no se da cuenta que tras un doble enrejado la piel del tigre está sin pintar. Los tigres desayunan carne de poeta: el domador castiga a las legumbres ofreciéndolas como armadura, para este exquisito brazo de Blake que ahora mismo vemos engullir.
La digestión del tigre es paciente como los ojos de mi hijo, como los huérfanos ojos de mi hijo.
Caballo
Dainelkis, si cabalgas no muero
Ha muerto el caballo; su sombra aún no decide marcharse. El pasto aplaude esta osadía. Mientras viven los potros, a la silueta acompañante le destinan un segundo lugar.
Esta vez las apuestas no sonríen al animal.
La carne que galopó viaja repartida en las encías de disímiles jinetes. La sombra es la venganza del caballo, es decir, de ella misma.




