Bestia negra sobre una bestia blanca (sobre la poesía de Irina Ojeda)

Por: Anisley Negrín

Me moriré en París con aguacero
un día del cual tengo ya el recuerdo.
César Vallejo

Perdón, Irina —dice mi parte más insana—, pero me canso de verte sobre la bestia blanca. Bestia, por demás, desnutrida, de apenas 48 páginas, incapaz de soportarme.

Para quien se apellida “becerra” no queda otro oficio que el de pastar. Pasta, pues, Irina, y no escribas porque —según tú— no eres hermosa. Ser fea no es razón para escribir, pero tampoco para dejar de hacerlo. Busca otro motivo, otro oficio. No describas animales tan exóticos como aquellos de ojos pétalos negros y bocas de cigarra. ¿Qué animales son esos, Irina, para que sus cabellos sean plumas mojadas de un cisne y su traje la piel de los peces? Bestias son, está claro, pero ¿blancas? Por Dios, Irina, si no pueden existir animales más oscuros.

Perdón te ruego, pero me canso de que te canses de ser una muchacha ridícula. Si lo eres, asúmelo y punto, y carga con este libro que más que cuaderno de poesía es un bestiario; la fauna concentrada en una veintena de cuartillas, por delante y por detrás. Irina, ¿cómo no habría de cansarme de la noche cual toro gladiador, de que hacia la fría cima su frágil cuerpo lleve el animal, del clamor del gallo que insiste, del aire que se ensaña con los venados, que tomar estas crines que bajan a lamer tu espalda inmensa donde alójanse fatigas y unicornios, del ese lugar donde los potros murieron, de que sea bello como un pez dormido que a ratos se sumerge, o de los gatos que reanudan su carrera a través de los tejados? Es demasiado para mí, incluso demasiado para mi parte más insana.

Ella también se cansa, Irina, de ese ser invisible que aquí nombras. Si esa es la bestia blanca que cabalgas, visita el médico, pues estás daltónica. ¿Qué bestia podría ser esa que tiene un soplo de la sabiduría alojada en secreto entre esas fulgurosas columnas o en el campanario ya enceguecido? Pero, sobre todo, explícanos, Irina, explícanos bien dónde es que tiene el soplo esa persona, porque en el corazón no creo que sea.

Y eso no es todo, Irina. Dinos, pues, quién puede parecerse a la Atlántida, a las pirámides y a los gatos. Di, Irina, qué tienen en común esas tres cosas.

Perdón si no me compadezco de ti. Estoy cansada de que, como una niña, hayas vuelto a temblar bajo la fronda. ¿Cuántas veces ha ya que no has temblado? Ni una sola. Te la pasar, mujer, bajo esa fronda. Hasta que un huracán te la arrebate. Vas a ver.

Yo no entiendo qué puede haber allí. Ah, sí, la bestia blanca. ¿No? Atrévete a negarlo. Nadie de los presentes le creerá a tus palabras, rebuscadas e inciertas.

Más cautela, Irina, no descuides las verdades más simples de la vida, pues son las más rotundas. Por supuesto que desde que tienes memoria, con el filo de la navaja siempre llegas a herirte. ¿Qué esperabas? El filo de la navaja corta. Como también mis palabras, desaliñadas, torpes; perdónalas igual. Y que conste que quien habla es mi parte más insana. Está loca, compréndela. Lo hace porque te estima y no quisiera ver a la bestia blanca sobre ti.

Acuérdate de ella, de esa parte, cuando tu aleta mojada, indócil, intente cerrarle los ojos al fin.

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