Por: José Miguel Gómez Cruz
Fecha: 22 de junio de 2009
Confieso que mi primera lectura de la poesía de José María Heredia, rápidamente trazó una línea que escindía de manera muy clara los elementos que se acercaban a lo que yo esperaba de la poesía y los que no lo hacían. Confieso que mis lecturas posteriores solo organizaron esta separación, pero ella aún persiste –como un sabor amargo– con una evidencia que no se suele perdonar en obras desbalanceadas y autores que muestran un esmerado rigor momentáneo solo para después, cegados por la emoción, descuidar estrepitosamente la forma literaria que la expresa.
Quizá sea el romanticismo la corriente que más ejemplos de esta índole nos ofrece, si contamos que todavía abundan sus influencias y los autores que no logran escapar de sus atractivos aspavientos (autores que todavía leen más a Delille o a Gertrudis Gómez de Avellaneda que a Goethe, a De Vigny o a Martí). Precisamente es de Delille, un poeta menor (y Heredia debe bastante a algunos poetas y dramaturgos menores de cuya presencia imitativa en su obra se ha hablado ya lo suficiente) de quien recibe una lección importante: la fuerza digresora de la descripción, su fresco, que cultivó unas veces con mayor fortuna que otras, pero donde la lectura se detiene agradecida, después de tanta alegoría y nombres de personajes con los que intenta prestigiar el discurso. No creo necesario tener que argumentar aquí la importancia nula que tiene la calidad menor o mayor de una fuente.
Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto que el que exagera el mérito de sus hombres famosos, nos dice Martí precisamente en su artículo a propósito de Heredia publicado en El Economista Americano en 1888. Ahora bien, ¿qué late en Heredia que contamina toda la literatura cubana? ¿Qué nos dejó de forma perdurable su poesía y su vida tempestuosa?
Pocos poemas de su obra mantienen el hermoso rigor de En una tempestad. Nadie había cantado tan poderosamente en Cuba a la naturaleza; ni Rubalcava, ni Zequeira, ni Del Monte, ni la Avellaneda lo lograrían como él, habrá que esperar quizás hasta otro afrancesado, Casal.
En una tempestad (tema cuya relación con Byron se encargó Martí de aclarar y defender con argumentos precisos sobre el papel esencialmente diferente del cubano frente al poeta inglés)[1] me parece el poema más cuidado de Heredia, el más estable formalmente, donde el poeta toca fondo con frecuencia más sostenida en la expresión de su emocionada percepción de la belleza. En otros poemas más laboriosos esto alcanza quizás mayor profundidad durante determinados segmentos, pero durante otros vuelve demasiado a una expresión más llana y descuidada de su ardor. En el teocalli de Cholula, A Emilia y Niágara, los tres grandes poemas de Heredia, adolecen de estos desequilibrios y hieren la lectura con sus arrobamientos franceses y con frases que ya en la época había que ser muy ingenuo para volver a repetir porque a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana… le recrimina Martí.
Indudablemente, nadie lee igual a Heredia después de conocer los escritos de Martí sobre él. Todavía hoy no conozco un trabajo que supere o que incluso aporte elementos nuevos, de peso, al análisis a que Martí sometió la obra de Heredia en unas cuartillas. Con gran lucidez Martí resumió a) qué era lo herediano, b) qué había que salvar de su obra, c) cuáles eran sus principales errores y, sobre todo, cómo su vida redimensionaba cualquier lectura desorientada que negligentemente pudiera hacerse de su poesía. Martí es su máximo defensor, por sincero y lúcido, pero veamos qué le alaba y qué le echa en cara: Lo que es suyo, lo herédico, es esa tonante condición de su espíritu que da como beldad imperial a cuanto en momentos felices toca con su mano, y difunde por sus magníficas estrofas un poder y esplendor semejantes a los de las obras más bellas de la Naturaleza. Esa alma que se consume, ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese período que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real, eso es lo herédico, y el lícito desorden, grato en la obra del hombre como en la del Universo, que no consiste en echar peñas abajo o nubes arriba la fantasía, ni en simular con artificio poco visible el trastorno lírico, ni en poner globos de imágenes sobre hormigas de pensamientos […] Eso es lo herédico, y la imagen a la vez esmaltada y de relieve, y aquella frase imperiosa y fulgurante, y modo de disponer como una batalla la oda, por donde Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia […] él es volcánico como sus entrañas y sereno como sus alturas.
Pero también dice Martí: Ni todos sus asuntos fueron felices y propios de su genio; ni se igualó con Píndaro cuantas veces se lo propuso.
Y también: Suele ser verboso. Tiene versos rellenos de adjetivos. Cae en los defectos propios de aquellos tiempos en que al sentimiento se le decía sensibilidad: hay en casi todas sus páginas versos débiles, desinencias cercanas, asonantes seguidos, expresiones descuidadas, acentos mal dispuestos, diptongos ásperos, aliteraciones duras: esa es la diferencia que hay entre un bosque y un jardín […] y bien pudo Heredia evitar en su obra entera lo que evitó en aquellos pasajes donde despliega con todo su lujo su estrofa amplia, en que no cuelgan las imágenes como dijes, sino que van con el pensamiento, como en el diamante va la luz, y producen por su nobleza, variedad y rapidez la emoción homérica […] No cesan las hermosuras en cuanto habla de amores. Hay todavía “Lesbias” y “Filenos”; pero ya dice “pañuelo” en verso, antes que De Vigny.
Ningún poeta se debe a una tradición específica. Lo sabía bien Heredia quien bebió implacablemente de extranjeros contemporáneos y ancestros, y entonces pudo iniciar una tradición poética de la cual carecía este país. Así también ningún poeta cubano actual tiene por qué deberle más a la tradición nacional que a la de toda la literatura. Considero, para el cubano, obligatorio el conocimiento de Heredia sólo si alterna con el de quienes estaban creando en ese momento lo mejor de la poesía que conformó el espíritu del cual él no pudo escapar. Porque nadie podrá valorar cabalmente su obra si no roza también con Whitman, Gerard de Nerval, Alfred de Vigny, De Musset, Pushkin, Victor Hugo, Mickiewicz, Goethe, Wordsworth, y los otros grandes románticos que sí son indispensables para la formación de un criterio valorativamente justo, y de una adecuada sensibilidad.
Gracias a estas valoraciones parciales, condicionadas política y limitadamente (quizás porque sus propios poemas así lo admitían y estimulaban) Heredia sufrió el rechazo y la incomprensión. Hubo que esperar a que Martí lo rescatara para siempre, lo instituyera como ejemplo y pusiera el parche de: aún cuando se negase al poeta, puesto que el negar parece ser el placer más grato al hombre, las dotes maravillosas por que después de una crítica austera, asegura su puesto en las cumbres humanas, ¿quién resiste el encanto de aquella vida atormentada y épica…?
La vida de Heredia, o la visión que de su propia vida él tenía, provoca la envidia de la inteligencia y la pasión humana. Una personalidad intensamente romántica, capaz en su corto período de existencia de entusiasmarse fervorosamente y desengañarse con igual profundidad de las causas que emprendió. Recordemos cuánto batalló en México por la causa de Santa Anna, y como al vencer ésta y él ocupar un sitio prominente tiene que, casi enseguida, comenzar a luchar contra sus excesos. Todo esto le trajo graves cuestionamientos sobre la situación de los nuevos países libres de América, cuyas desordenadas independencias le hace temer una situación similar en Cuba.[2] El 20 de marzo de 1833 le escribe sobre estas experiencias a Gener: Cada día me convenzo que esto no tiene atadero, y que la profunda inmoralidad e ignorancia de estas gentes les impedirá por un siglo o dos tener un gobierno, cualquiera que sea, que marche de modo regular y seguro.
Así que, ya al final de su vida el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas (como dice Martí en uno de sus juicios psicológicamente más justos) le escribe la carta que todos conocemos a Tacón, renegando de sus ideales para que le permitan visitar a Cuba.
Recientemente Leonardo Padura ha publicado dos libros sobre Heredia. Uno es una biografía novelada que se titula La novela de mi vida, frase que el propio Heredia repite en momentos fundamentales de autorreconocimiento; y el otro es la investigación que Padura tuvo que realizar para escribir esta novela y que publicó bajo el título J. M. Heredia. La patria y la vida.[3] En este último libro resalta una de las interrogantes del autor ¿Por qué José María Heredia escoge a Cuba como patria? La elección es enigmática si sabemos la cantidad de países en que Heredia vivió y en los que sufrió multitud de experiencias vitales que van conformando el sentimiento patriótico. También lo es si computamos el tiempo que vivió en la Isla: poco más de seis años intermitentes, entre ellos los tres primeros de los escasos 35 y meses que duró su existencia.
Al margen de las varias causas que Padura da para esta elección hay una que me parece continente de la personalidad del poeta: Cuba era la patria idónea para su temperamento romántico, era una nación frecuentemente lejana y a la vez oprimida, a la que podía llorar como a un amor imposible y por la que podía morir sin esperanzas y en medio de la gloria que atraería sobre sí este acto heroico. Expirará de amor –dice Martí–. No puede con el tumulto de su corazón enamorado. Nadie lo vence en amar, nadie.
[1] “Ni Heredia ni nadie se libra de su tiempo, que por mil modos sutiles influye en la mente, y dicta, sentado donde no se le puede ver ni resistir, los primeros sentimientos, la primera prosa. Tan ganadora de altos amigos está siempre el alma poética, y tan necesitada de la beldad, que apenas la ve asomar, se va tras ella, y revela por la dirección de los primeros pasos la hermosura a quien sigue, que suele ser menor que aquella que despierta. De esos impulsos viene vibrando el genio, como mar de hondas sonoras, de Homero a Whitman. Y por eso, y por algunas imitaciones confesas, muy por debajo de lo suyo original, ha podido decirse de ligero que Heredia fuese imitador de éste o aquél, y en especial de Byron, cuando lo cierto es que la pasión soberbia de éste no se avenía con la más noble de Heredia; ni en los asuntos que trataron en común hay la menor semejanza esencial; ni cabe en juicio sano tener en menos las maravillas de la Tempestad que las estrofas que Byron compuso durante una tormenta…” J. Martí: Heredia, El Economista Americano, New York, 1988.
[2] Ver el poema que cierra el ciclo de sus poesías patrióticas, que se titula Desengaños de 1829.
[3] Quisiera hacer notar dos fragmentos desafortunados, el primero está en la página 101, pues no es en el discurso del Hardman Hall de Nueva York que Martí declara a Heredia el primer gran poeta americano, sino un año antes (1888), en el artículo que le dedica en El Economista Americano. El segundo dice textualmente: “Niágara no es solo el más alto ejemplo de la poesía romántica hispanoamericana sino, quizás, la obra más notable de toda la poesía cubana” (p. 141). Creo que aquí el autor se nos muestra como un consumidor muy pobre de la poesía nacional, demasiado rica y variada como para tener una obra más notable de toda la poesía y que además esta se haya quedado en el romanticismo fundador.





