Homenaje incompleto a Fidel Cruz Rosell

Por: Carmen Sotolongo Valiño

En una colección de frases célebres, hay una que sentencia: «El mundo está lleno de hechos incompletos». Y esta frase me ha llevado a evocar a los amigos que se nos han ido en los últimos tiempos dejando sin concluir muchos de sus proyectos literarios, y también incompleta nuestra vida: René Batista, Agustín de Rojas y, ahora, Fidel Cruz Rosell. Dicha frase me ha decidido a acudir a este homenaje póstumo y a aportar mis recuerdos difusos y mis fragmentos de ensayos truncos, pospuestos, como tantos de los planes en nuestra existencia.

Siempre consideré a Fidel (o a Fidelito, «el de Manicaragua») como a alguien muy joven; no me di cuenta, las últimas veces que coincidimos en los eventos literarios, de que él, como yo, había ya doblado la rueda de los cincuenta. Esto suele ocurrirme con los que fueron mis alumnos, como dice Vallejo que le ocurre a las madres con sus hijos. Fidel estudió Filología en el curso por encuentros, aunque no recuerdo su presencia en las aulas; sin embargo, nunca pude olvidar, en todos estos años transcurridos, la impresión que me produjo el trabajo de diploma que redactó para graduarse. Su tesis llegó a mis manos no sé si por ser oponente o como miembro del tribunal, solo estoy clara de que me preparé para encarar un aburrido ejercicio académico y me encontré de pronto con una apasionante lectura. ¿Qué tema trataba, cuál era su título?, solo entre brumas reconstruyo algo acerca del cultivo del tabaco en la zona de Manicaragua y la historia y la cultura de esta región girando alrededor del asunto, enriqueciéndolo con pertinencia y amenidad. Fue un deslumbramiento: ante mis ojos había surgido un verdadero investigador de la cultura. Y aunque él no publicara esa tesis, la comprensión profunda y amorosa de su comarca natal no lo abandonaría nunca. No hace tanto dejó constancia de ello en el artículo «Manicaragua, ruralidad y Silvio Rodríguez» (Guamo, Año 6. No. 58, marzo, 2012, pp. 2-3) concebido como un regalo a los primeros doscientos diez años que cumpliría su poblado. Allí declara que es mejor indagar en la memoria de los pueblos que en su historia oficial porque de esta última: «Quedan excluidos hábitos, costumbres, tradiciones, el know how de los procesos cotidianos, la imagen siempre cambiante de pueblos y ciudades».

Con una capacidad admirable de síntesis nos lleva desde la fundación del caserío y sus precarios caminos, las Cuatro Esquinas —sus calles de pantanos, carretas atascadas y alegre muchachada—, hasta el siglo xx, con la aparición de las carreteras y los puentes, las escapadas de adolescentes a las pozas, la construcción de la represa, los cambios en los baños veraniegos y en las formas de pesca, en las especies pescadas, en los modos lingüísticos populares, sin olvidar la economía de hato ganadero, de tabaco y de café. Todo ello salpicado de anécdotas humorísticas y de citas de alta cultura incorporadas con absoluta naturalidad, por ejemplo, cuando nombra los ríos y arroyos que fueron límites por los cuatro puntos cardinales:

Tal circunstancia de «el agua por todas partes», más la falta de puentes, hacían difícil el acceso, sobre todo, en la época de lluvias. Un improvisado Caronte oficiaba en la salida hacia Santa Clara, transportando en su barca a los viajantes por solo dos centavos.

Su valoración de la identidad manicaragüense como persistentemente rural, está sustentada por amplios conocimientos de carácter antropológico y por una vasta cultura universal.

En el 2000 publicó el libro de cuentos: Tiempo de examen (Editorial Capiro, Santa Clara). Esta vez deslumbró a muchos, entre ellos a Agustín de Rojas, quien lo calificó de «!Sobresaliente¡», título de la reseña que le dedicó en Cartacuba (No. 18, enero, 2001, p. 22) y que juega obviamente con el título del libro. Aquí el veterano novelista le da sin reservas su espaldarazo, pues tras de «examinarlo» dictamina: «Es el único calificativo —o la única calificación— que se me ocurre después de disfrutar Tiempo de examen, de Fidel Cruz Rosell. Si el término de “escuela” no estuviera tan gastado, se podría hablar de una “escuela manicaragüense” del narrar, fundada por Mario Brito y Alfredo Delgado […] una escuela cuyos miembros muestran una técnica depurada al escribir, y un humanismo de altos quilates en la caracterización de sus personajes y en los temas que abordan […]»

Es de destacar que Agustín no dijo «después de leer» sino «después de disfrutar», y esto me remite a aquella impresión, precisamente de disfrute, que me produjo el primer texto suyo que llegara a mis manos y que hubiera podido ser un árido trabajo de diploma. Por esa cualidad de su escritura escogí dos cuentos de su segundo libro Los infinitos espacios del sueño (Editorial Capiro, 2006) para ilustrar una —aún hoy incompleta—, conferencia que trataba acerca del placer de la lectura y que ofrecí en una Feria Provincial del Libro, en la que Manicaragua fue magnífica subsede (lamentablemente por una sola vez). La conferencia se anunciaba ambiguamente como «Los juegos eróticos del texto literario», un poco para engañar a los asistentes y siguiendo, por supuesto, a Roland Barthes. En ella indagaba cómo el escritor logra que el lector se relacione con el texto de una manera placentera. No se trata del erotismo explícito de la historia (el mismo Barthes llega a afirmar que la saturación de este tema hace el discurso poco placentero y bien decepcionante) sino de la relación lúdica del texto con el lector.
Utilicé «Los infinitos espacios del sueño», para ilustrar su singularísimo juego intertextual (lo antes visto y reconocido ahora), y «El pozo», donde la frase de cierre resemantiza todo el texto (lo inesperado a los ojos del lector) engendrando nuevos significados. Sin embargo, no tuve tiempo para detenerme en la sensualidad de la prosa, de las descripciones, de la manera de disponer las palabras para provocar reacciones físicas y sentimentales entre el cuerpo del texto y el cuerpo de quien lee: levedad, frescura, dulzor, éxtasis amoroso; lo que no se dice, pero se percibe claramente en la figura trazada; y también el temblor, el abandono, la zozobra, el misterio.

En la década de los noventa, durante los ocho años en que tuve a la Editorial Capiro como centro laboral, nos veíamos frecuentemente en encuentros-debates de talleres literarios, ferias del libro, etcétera; una vez, al culminar una de estas actividades, me regaló una décima que había improvisado mientras yo daba mi charla de poesía; la conservo firmada, fechada el 5 de marzo de 1998, y escrita en un pedacito rasgado de hoja de libreta escolar, ya hoy amarillenta:

Pasan segundos, minutos
horas, días y semanas,
de la niñez a las canas
de la semilla a los frutos.
Rostros otrora impolutos
hoy en sombras languidecen,
las miradas enlutecen
de insatisfechos antojos,
ah, Carmen, pero tus ojos
¿por qué magia no envejecen?

Dos años después tenía yo mi primer nieto y él su primer libro, por eso creo que ya sentía entonces la premura por su obra relegada, la misma que sentimos como destino en el «viejo escritor» de la narración corta «El último gesto»: «[…] mira hacia la mesita y, sobre ella, al abultado legajo […] Versos y prosas que nunca se humedecieron con la tinta de las imprentas […]»

Toca ahora a los amigos, a todos los que alguna vez nos hemos reunido alrededor de las Cuatro Esquinas de Manicaragua, o sentado en el muro que comparten la Casa del Escritor y la librería, escamotearle a la Muerte los pliegos manuscritos, antes de que arribe el desgarbado caballero en su endeble rocín, junte un manojo de ramas secas y los eche en el fuego del olvido.
10 de mayo de 2013

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