Por: Jeisil Aguilar Santos
Preámbulo
La sociedad no sacralizada asume, consiente e inconscientemente, elementos provenientes de la religión. Cuba, país esencialmente religioso, cumple especialmente esta afirmación, haciéndose necesarios, cada vez con más frecuencia, estudios que aborden este fenómeno desde aspectos científicos, alejados de la superfiacilidad de lo pintoresco o de las descripciones, que, lejos de apoyar el desarrollo de opiniones al respecto, cuando son limitadas, permiten la reproducción de estereotipos infundados.
Un aspecto importante, en correspondencia al fenómeno religioso, es la relación que este guarda con cuestiones como las relaciones de parentesco, las relaciones de pareja, y dentro de estas, particularmente, la visión alrededor de la mujer, que, como es sabido, ha sido típicamente discriminada por muchas creencias e instituciones religiosas. El propósito de nuestro artículo es realizar un acercamiento, sin ánimos de agotar el tema, a esta circunstancia, con el deseo de proveer algunas ideas al respecto y de motivar en otros investigadores la profundización alrededor de esta temática
Comenzando…
En el principio de la humanidad, el hombre hubo de enfrentarse a un ambiente hostil que le exigió formarse de medios de subsistencia para afrontar los temores y resignarse, en muchas ocasiones, a la incomprensión de la naturaleza y de él mismo como ser individual y social. La religión, fenómeno que acompaña al hombre prácticamente desde su más tierna infancia, primero como creencia en la magia y luego como un sistema mejor estructurado, jugó un papel fundamental en este aprendizaje.
Personificando las potencias de la vegetación como macho y hembra, dado el principio de la magia homeopática o imitativa, el hombre primitivo intentó acelerar el crecimiento de los árboles y plantas, a través de la representación de bodas entre las deidades silvestres. Todavía a inicios de la contemporaneidad se propiciaron ritos con el propósito de promover el desarrollo de la vegetación utilizando la cópula sexual como medio para asegurar la fertilidad de la tierra. (Frazer, 1961: 171)
Esta identificación del proceso de fecundación del suelo, con el proceso de fertilidad-fecundación en humanos es materializado en prácticas como el ejercicio del coito antes, o durante el tiempo de cosecha y germinación en el lugar del sembrado. Esto se convirtió en un deber religioso, de ahí la significación que para el hombre, que dependía de los medios que brindaba natura, tuvo la actividad sexual cotidianamente. El objetivo de estas orgías, porque en ocasiones se realizaban en conjunto y simultáneamente, no era la actividad sexual en si, sino que, organizadas deliberadamente, poseían un componente simbólico primario, esencial, a consideración de los practicantes, para la fertilidad de la tierra y el bienestar de los seres humanos.[i]
En América, en países como Nicaragua y otros, los indoamericanos manifestaron este tipo de creencias, exteriorizadas en la continencia durante el período de gestación de la cosecha, continencia no solo sexual sino además de todos los placeres carnales.
El papel de la mujer durante la primera etapa de la humanidad es cardinal producto de la relación que en percepción de los primeros hombres, tenía esta con la naturaleza. A esto podemos atribuir las diferentes formas, generalmente como sacrificio o en la manera de las ya mencionadas bodas, en que la mujer participaba de las creencias y ceremonias mágicas. En consecuencia existen diferentes tabúes entorno a la figura femenina que pertenecen a esta etapa; Así como las prendas tocadas por un jefe sagrado tenían la propiedad de poder matar al que las tocase, las cosas manipuladas por una mujer menstruante debían ser purificadas previamente antes de poder utilizarse por alguien más.[ii]
Fue inevitable, además, que por su capacidad de procrear y sus ciclos menstruales la mujer fuera identificada con aquellas formas ingobernables y vitales de la naturaleza, con que ella se semejaba. Esto justifica la diversidad de íconos religiosos, evidentemente femeninos, con exageración en zonas referentes a la reproducción, que han sido encontrados en enterramientos hechos por diversas culturas de la Antigüedad, patentizando la existencia de un “sistema mágico-ritual consagrado al complejo fertilidad-fecundidad-maternidad”. (Martínez, 2000:33).[iii] Resulta interesante que en esa época son raras las representaciones de figuras masculinas. (Tokarev, 1975: 40)
Como es fácil apreciar existía una fuerte creencia en los poderes mágicos de la menstruación, que observaremos más adelante en religiones ya establecidas. Otro tabú, presente en culturas de la Antigüedad, es el del parto. Este consiste en que la mujer recién parida reciba una purificación en aislamiento para que no provoque el mal de la tribu. En caso de aborto la purificación dura más tiempo y exige mayores esfuerzos. Consideraban que este podía traer consigo sequías y otros males naturales, evitables solamente con medicinas hechas especialmente para este propósito por los curanderos de la tribu.[iv]
Por otra parte abundan las figuras de deidades modeladas toscamente en forma de tronco-columna, identificadas con el Árbol de Vida cuyas manos brindan las mamas, con grandes ojos y peinado rizado. Algunas aparecen rotas intencionadamente, seguramente para dejar salir de su interior y estimular el surgimiento de los gérmenes de la procreación, ya que tenían la creencia de que en el Vientre de la Diosa, tenía su origen la semilla de toda Vida. En estas esculturas no se presta ninguna atención a elementos ajenos a la sexualidad.
Es significativo además, el hallazgo de enterramientos primarios en posición fetal[v], figurando a la tierra como madre y a la muerte como un renacimiento de hombre.
Cuando la capacidad de transformación de la naturaleza se hizo mayor y las relaciones sociales más complejas, comienza a manifestarse la aparición de figuras femeninas en forma de diosas, propiciando la aparición, alrededor del neolítico mediterráneo de ritos muy complejos en templos construidos expresamente para el culto a la fertilidad (Martínez, 2000:36)
De esta manera el conocimiento suplantó o desplazó las creencias primitivas de que ritos mágicos regulaban los cambios en la naturaleza; es entonces cuando el hombre asume que el crecimiento o no de la vegetación, el nacimiento o la muerte de animales e incluso de los seres humanos estaba dirigido por fuerzas más complejas, superiores a las fuerzas de la naturaleza por si mismas y sin embargo en estrecha relación con esta.[vi]
La adoración a Diosas Madres es significativa en numerosas culturas. Son citables en esta condición deidades como Mut, principio gestacional de todo lo existente; Hathor, deidad de la fecundidad total; Isis, redentora de la vida universal, Deméter o Ceres, madre y bienhechora de los hombres; Astarté, deidad de la reproducción; entre otras.
Coexiste, del mismo modo, la imagen femenina llamada “Madre de las mieses” que posee un papel importante en las culturas subsistentes de cereales como lo son el trigo y la cebada. Los cosechadores de estos creen que el espíritu de esta deidad femenina se encuentra en la última gavilla, la cual es adorada, cortada, maltratada, vestida de mujer, etc. por diversos pueblos.[vii]
América tiene también su madre del maíz, representada en una muñeca hecha de cañas de este producto y vestida con ropas de mujer, es adorada durante un año con el objetivo de que presagie una buena cosecha para el próximo. (Frazer, 1961: 469)
Para los indocubanos la imagen de la maternidad también fue simbolizada en una deidad. Otras deidades femeninas fueron adoradas por los indoamericanos y por los indocubanos en particular, ejemplo de estas es Guabancex a quien concibieron como una figura sobrenatural, colérica, con una fuerza capaz de mover el viento y las aguas arrancando los árboles. La madre tierra es también nombrada por nuestros aborígenes, en este caso como “Itiba Coahubaba”.
Otro ejemplo, de adoración a la maternidad, es el hecho de que los taínos cubanos, por encima de los otros cemies, situaron a Yucahú Bagua Maorocoti, de quien podemos decir que no tenia principio pero si madre, nombrada Atabina o Atabex, vinculada a las aguas, a la luna y que funcionó como símbolo de fecundación para los mismos. (Fariñas, 1997: 11-12)
Por otra parte…
Independientemente de que la situación de la mujer fuera privilegiada (socialmente) y de que esta posición se expresara en la deificación de potencias femeninas (es de suponer que en una sociedad donde la mujer ejercía el papel de jefe de familia y de la comunidad en general, los estereotipos religiosos, las normas o reglas de carácter religioso estén determinados por el punto de vista femenino), esta fue una circunstancia que cambió en cuanto las características económicas elementales cambiaron.
El hombre primitivo, en un principio, producía solo lo indispensable para vivir. Al ser fomentada la domesticación de animales y al perfeccionarse los instrumentos de trabajo aumentó notablemente la productividad y con esto aparecieron sobrantes y excedentes.
Bajo estas condiciones disminuye la necesidad de ausentarse por largos plazos (para cazar, pescar y recolectar), puede permanecer en la comunidad y encargarse de la cría de animales y de los cultivos, se convierte el principal proveedor de alimentos, lo cual hace que se considere dueño de los bienes producidos y de los medios de trabajo, va adquiriendo posición más relevante. La mujer por su parte se encarga de la maternidad y de las labores domésticas en general. Podemos ver que ya se va gestando una división, ya no natural, sino social del trabajo, entre mujeres y hombres, esto conduce al derrocamiento del sistema matriarcal, se impone a los hijos el paso a la gens del padre y se establece la familia monogámica. Se instaura el derecho hereditario del padre y se llega al patriarcado o sistema patrilineal.
Al cambiar las relaciones de poder y ocurrir la identificación con figuras masculinas dentro de la religión, cambian los referentes morales.
A partir de una división de los tipos de mitos, se puede entender el proceso de cambio en la concepción del rol masculino, desde el prisma de la religiosidad en relación al contexto histórico-cultural específico:
“En la primera etapa, el mundo es creado por una diosa madre sin el auxilio de nadie; en la segunda, por un dios andrógino o una pareja creadora; en la tercera, un dios macho toma el poder de la diosa o crea al mundo sobre el cuerpo de la diosa primordial; finalmente, en la cuarta etapa, un dios macho crea solo al mundo”. (Muraro, 2003: 76)[viii]
En este sistema patrilineal y por parte de las religiones, sobre todo en etapas posteriores, la mujer es vista, incluso por ella misma, como reflejo del hombre. La religión, como expresión fiel de la situación en que se fomenta, ha utilizado diversos mecanismos en su afán por controlar la sexualidad. Es digno es de resaltar las disímiles maneras en que el demonio ha sido dibujado con este propósito. Un Diablo negro o un demonio capriforme no son más que formas de identificar la sexualidad a lo malévolo, aludiendo al peligro de lo desconocido (el negro) a la vez de simbolizar antiguas representantes de acciones sexuales. (Ortiz, 2003: 41)
Concluyendo….
Con el tiempo se fue gestando un proceso de interiorización de culpabilidades imputadas a la mujer, acompañado de un mandato de purificación y del miedo, por parte de toda la sociedad, a fuerzas maléficas. La religión utilizó este miedo y lo convirtió en temor a la sexualidad, los inquisidores unieron la trasgresión sexual a la de la fe.
En un principio fueron las mujeres las que ejercieron como comadronas y curanderas, esto las hacia acreedoras de un conocimiento que era amenazante para la medicina que comenzaba a surgir en las universidades y que ofrecía un saber que les era negado a las féminas. Este conocimiento, “conocimiento sobre el cuerpo”, también era visto con recelo en una sociedad cada vez más masculinizada.
Sin embargo, en nuestros días todavía se evidencia predilección popular por las deidades femeninas. Esto se argumenta en la variedad de formas en que la feminidad se expresa, incluso como parte de religiones oficiales, pero sobre todo en forma de religiosidad popular. La virgen María es prototipo conocido de la devoción al símbolo de la maternidad en la actualidad. Esta, como otras vírgenes que no son sino advocaciones de la misma, son veneradas por multitudes de creyentes que en ocasiones no se adhieren a ninguna religión oficial. Dentro de las religiones cubanas de origen africano las deidades femeninas poseen una trascendencia extraordinaria respaldada por incontables mitos y tradiciones populares.
A pesar de que ha ocurrido una evidente masculinización de la sociedad podemos aseverar que la feminidad sigue mostrándose venerada dentro de los espacios religiosos solo que ha tomado formas no oficiales, asistemáticas, espontáneas, en la manera de la transculturación y la resistencia cultural.
[i] En zonas de “…África central creen tan firmemente en la intima relación existente entre la copula sexual y la fertilidad del suelo, que una esposa estéril suele ser repudiada, pues por su causa suponen que el huerto de su marido carecería de frutos. Por lo contrario, una pareja que ha dado pruebas de extraordinaria fecundidad, por ser padres de mellizos, esta dotada, según los baganda, de la potencia correspondiente para aumentar la fructificación de los platanales que le proveen su principal alimento.
Poco tiempo después del nacimiento de los mellizos hacen una ceremonia cuya intención claramente es trasmitir a los plátanos la virtud reproductiva de los padres: la madre se tiende boca arriba en la tupida hierba cerca de la casa y se pone una flor de plátano entre los muslos; hecho esto, llega el marido y tira la flor de un golpe de su miembro genital. Más adelante, los padres van por la región, bailando en los huertos de las amistades a quienes quieren favorecer, con el indudable propósito de inducir a los platanales a dar más frutos“(Frazer, 1961: 173)
[ii] Un negro australiano que descubrió que su mujer había pernoctado en su manta en periodo menstrual, la mató y se murió de terror antes de los 15 días. Las mujeres australianas en su “periodo” tienen prohibido, bajo pena de muerte, tocar algo que usen los hombres, siquiera caminar por un sendero frecuente de estos. Estas son encerradas durante el parto y las vasijas utilizadas durante la reclusión son quemadas posteriormente. (Frazer, 1961: 251)
[iii] Se trata de pequeñas estatuas de estilos muy diversos pero con características muy realistas que las distinguen de otras de etapas posteriores. “Todas ellas representan mujeres desnudas, con un acusado desarrollo de los caracteres sexuales: pechos grandes y con frecuencia, el vientre hinchado.” (Tokarev, 1975: 40)
[iv] Mitos como el de la serpiente de muchas cabezas que impide el paso del agua al pueblo y que reclama, para dejar pasar tan preciado liquido a los habitantes, el sacrificio de una joven virgen rescatada luego por un héroe civilizador, símbolo ocasionalmente de una nueva religión; han sido recogidos por varias culturas demostrando la generalización considerable que poseía la creencia en la relación de la mujer con la prosperidad del pueblo en que vivía.
[v] El cadáver muestra flexión total de las piernas que tienden a estar pegadas al pecho, quedando la cabeza flexionada sobre las rodillas y estas últimas enlazadas por ambos brazos. Aparenta la posición de un feto en el vientre materno.
[vi] El mito de Cibeles, madre de los dioses, gran divinidad asiática de la fertilidad es muestra fehaciente de la identificación de los cambios de estación con la muerte y resurrección de dioses, en que la figura femenina juega un papel fundamental. Evidencia de esto son también Perséfona, Astarté, Istar, Deméter, Isis, por solo mencionar las más conocidas e importantes del mundo antiguo.
[vii] En Rusia es vestida de mujer y llevada con bailes y cantos a la alquería. Los búlgaros hacen de la gavilla una muñeca; en Polonia la nombran “baba” o sea “la vieja”, aunque también puede ser llamada novia o reina. Esencialmente funciona como un espíritu que provee fertilidad a la cosecha por lo que ocasionalmente es regada o lanzada al agua para asegurar tal propósito.
[viii] La primera etapa es fundamentada en mitos griegos, donde la creadora primaria es Gea, la madre Tierra; de ella nacen los demás dioses; entre los mitos que respaldan la segunda etapa están los del hinduismo y los de la mitología china, donde el Yin y el Yan representan no solo el bien y el mal sino lo femenino y lo masculino; ejemplo del tercer caso se advierte en los mitos primitivos Aztecas que hablan de un mundo perdido donde reina Xoxiquetzl, Madre Tierra, de la que nacieron los Titanes y las estrellas que más tarde se rebelan contra ella, la que posteriormente da a luz a Huitzilopochtli que gobierna finalmente a todos los hombres. En último lugar, en un periodo más avanzado de la historia de la humanidad, solo se reflejan mitos donde un dios varón es el creador del mundo por sus propios medios y desde el mismo. Este es el caso del Dios cristiano, Yavé.



