Por:Maykel Virgilio Espinosa
Monólogo de Laertes, hijo de Boecio, en el ágora de Cnosos y vituperado por un público rancio en cuestiones de defecaciones orales. Por una razón muy de peso, el escribano de la plaza transcribió, en los usuales discos de barro, la totalidad de la verborrea.[1]
Ácratas y concubinas:
He tenido una cruel revelación mientras reposaba cerca del altar del Oráculo de Dódona: la decrepitud de la literatura en cierta isla y, sobre todo, de quien se sitúa en la vanguardia de los imberbes escritores que inauguran, con una devoción solar, el siglo XXI. Sí, aquellos que dudan y eructan blasfemias deben descender sus cuerpos y recogerse en sus tálamos pues Zeus, fuente de mis ensoñaciones, me reveló su pánico horror por la plaga que se nos avecina. En su estado, sólo percibí ideas inconexas. Cuanto pude reunir es lo que expongo. Mis labios se mancillarán con objetos y términos seborreicamente ajenos a nuestro tiempo, con frases y actos que validan lo previsto por nuestro algebrista Anaxágoretas: la presencia palpable de la antimateria en nuestras comarcas.
Según el Señor del Olimpo, viajaba por regiones ignotas cuando topóse con un Ser desconocido. Queriendo probar fuerzas, convidó al Ser a un combate. La respuesta fue astuta: No puedo, estoy hecha una drogadicta. Aunque no fumo un cigarrillo porque no quiero acostumbrarme (dicen que es un vicio muy malo y si es así, lo quiero ver lejos de mí), enciendo un cigarro o lo tomo, después lo escupo; me froto con la botella de ron y todo es confuso. ¿Siempre será así? Ay, el estrés y yo, yo y el estrés. ¡Hemos cambiado tanto! Viendo Zeus la profunda zancadilla con que había tropezado (por hada hay fractura de ambos fémures), optó por enviar un centenar de dardos de fuego blanco hacia aquel encéfalo de pelos ripiados por el sol y pelado a la Italiana por un tal Robertico Sin Coglioni. En vano: cada rayo fue evitado por aquella cabeza en rotación permanente que hace tres días rompió el toallero con ella. Zeus me contó sobre su impresión. Sólo atinó a abrir los ojos (parece que los abrió demasiado pues la criatura reflexionó algo así como: Tiene los ojos grandes y profundos, tan profundos que no puedo entenderlos, ni sumergirme en ellos. Creyó ver en su Rival sin Igual con Aura Triunfal el deseo de la codicia. Mostróle un óbolo de plata (cortesía de Caronte) pero nada, su sentencia fue ejemplar: Si somos avariciosos nos hundiremos en el mar de la desgracia. Zeus vislumbró una batalla extenuante. Se sentó sobre el borde de una roca aguda pero la voz canturreó burlona: Desconozco si es delgado o grueso porque estamos sentados. Ya que eran las ocho de la noche y no se veía ni un burro a tres pasos (tal vez se sentía; en el Oráculo, los escrotos disponibles de Zeus estaban triplemente indisponibles y susurraba: aunque no me quitó la vida, me dejó muerta en cuerpo y alma. Nada que, que tres coces de asno dejan a cualquiera sin ganas de ser viril).
El Ser[2] vislumbró su momento de éxito vio cómo su contrario sobábase la barba con pena. Lo noto apenado. ¿Hay algo que quiera confesar? Zeus, con su ano incrustado de ordinario en su punta de roca gritó: ¿Qué penas? Con los triunfos que he tenido como voy hablar de penas. Y Zeus, recobrando su fuerza, lanzó un gancho al bajo vientre de la Innombrable, entre los labios mayores y menores. Siendo la isla tan estrecha, La Desmoralizante Nani cayó mar adentro. Durante horas nada con su estilo predilecto: burbujas estáticas. Ya el sol sale y siente perder las fuerzas. Piensa (pensar no es acto que se le atribuya a La Innombrable pero el público de este ágora es comprensible): No sé a qué le tengo más miedo, si al mar cuando es de noche o al mar cuando es de día. Tengo hambre y si como me hundo. Permanezco quieta para que los peces grandes no me sientan como un objeto no identificado en su territorio. (Por Eumea, no quiero ver a un Alienígena dándose una ducha en el Adriático pues me da un soponcio). Sobre la 1 p.m., se acerca un barco con destino a la India. Sí, es el pito del barco, debe andar cerca, muy cerca (aunque no lo acepten, ella vuelve a… pensar). Es el humo de una chimenea, lo ve, vocifera: El pito, el pito con la imagen de Cristo, es mi única salvación (sobran los comentarios). Por fortuna el barco se le paró (no el pito), justo a su lado y le cedió su bote de emergencia Apenas subió, cayó en los brazos de la muerte. ¡Qué gran amiga! Percibe cómo el viento sopla con mucha velocidad. La envuelve un agrio olor inglés y un anuncio le señala el origen del olor: Thamesis River. Duda (ven mis ácratas, ahora sí no pensó) y susurra: soy engañada por alguien que no me conoce. Se desatan las desgracias. El puente de Londres comienza a caerse, se está cayendo, se está cayendo, se está cayendo y se cayó. The Queen of England, ante tal calamidad, se oculta con sus súbditos en su armario predilecto, pero el escaparate está hecho trizas y las trazas lo han invadido. Se da a la desbandada y ordena ocultarse en el refrigerador quemado de tantas veces que se ha ido la luminaria. Allí, la inviolable Queen (algunos guantes de cabritillo husmean debajo de su sayuela pero ella ni se sonroja) descubre sus senos triturados de hambre, cómo las puertas del palacio están destrozadas de tantos relámpagos (Zeus, ah gran Zeus, tanto roble sajón incinerado por fallar tantas centellas no ha de pasar sin escarnio. Que el mástil del Almirante Nelson sea el palo de sebo donde descansen tus forúnculos hemorroidales). Amaina la maldición susurrante de la Innombrable; la luna se va porque se la lleva el tiempo y la Reina, que no es madre porque no tiene hijos y mucho menos nietos, peros si bisnietos, sale de su escondite, saca su chaqueta del escaparate (el mismo) y se cubre al menos de la cintura para arriba. Está satisfecha (aunque un mosquito la ronda, quiere extraerle la vida): en el comedor estilo putumayo el jarro sigue igual, sin indicio alguno de comienzo y… no, sacro horror, el mantel se hizo añicos… El mantel no. Todo menos el mantel. La Reina siente como le baja y sube la sayuela (impertinentes los guantes con sus cabritillos) y enarbola una frase que detiene la plaga de la Desmoralizante Nani): Nunca el amanecer estuvo tan cerca como cuando la noche se hizo más oscura. Lurimar, sin escapatoria al ver Kaput su maldición, toma prestado de las trazas del escaparte unas ropas hechas de piel de asno y tul negro con olor a suicidio y retorna a su isla natal. En su última visión del Thámesis ve a un hombre asomarse al balcón. ¡Qué obsceno! (en fin, que hay mujeres que les basta con la doble túnica de los hombres centenarios para sentirse excitadas).
Ya en su isla, Zeus la recibe con una fuerte carcajada, al estilo de un comisario rural de los soviets. Nani razona (si no piensa, qué decir de razonar): Sus dientes son mas filosos que los de Shere Kan, me hipnotizan. Parece que tiene buena dentadura, pero sus encías están hinchadas. Sabe la presión de la atmosfera no es la misma. Zeus le adelanta su plan: Te tengo una sorpresa. La innombrable no se queda atrás: ¡Ay! Las sorpresas ya no son sorpresas, los misterios ya no son misterios, la luna ya no es la luna y yo ya no soy yo. Zeus tembló: ¿Quién eres entonces? Soy aquella que fumando espero al hombre que yo quiero, y mientras fumo, el cigarro me echa humo. Ah, Valquiria errante, vomita Zeus, Las Erinias vienen a buscarte, si ha de ser mía la victoria, daré uno, dos, tres pasos hacia delante; aunque precise de alguna manera dar un paso hacia atrás.
Según Zeus, su réplica fue como kilogramo de espejos en su estómago. Ah viejo zagaletón de supuesto falo con sequía, quiero ser un ente normal, porque al fin y al cabo soy una estudiante, novel e inocente, mas ahora me encuentro entre dos aguas profundas: el ancho Mar del Mediterráneo y el oscuro lago Baikal. No tienes salvación. Para ti es invierno y las hojas de los arboles caen y no se levantan. Desde que hallé el triángulo esférico supe que mi cabeza no se asentaría con el platanito maduro. – ¡Qué rico!– me dice la subconciencia. – ¡Qué malo!– dice la conciencia. Con la pasta con la pisadas de ratón, la mariposa que se desborona y el platanito amarillo, mi yo no existe, y si existe, ya no soy yo. Mas hago un esfuerzo. Sí, estuve perdida de mí unas cuantas semanas pero recuerdo una clave: 272751. Sabrás lo que es Hiroshima y Nagasaki: la sangre hierve, los ojos se deslizan entre ojeras, la presión sube a 110 con 90, el fuego quema. Oh Zeus, no pienses en el ayer, no pienses en el mañana, no. Solo piensa en el presente histórico y disfrútalo, aunque tu chimenea ha muerto. La bomba atómica en mi ser va estallar con precisión militar a las 6:00 a.m. del sábado. Por supuesto que no puntual, sino a las 6:15 aproximadamente. Lárgate y no vuelvas más que para la próxima te meto un chancletazo yutapai por la vejiga que vas a saltar los quiprocuos. Y no te confundas, soy la delicada Venus empalada por el cuerno de cualquiera de mis múltiples amantes y no esa Valquiria Errática.
Retirada es lo que me anunció como deseó nuestro Señor del Olimpo. Huyamos todos, huyamos hacia el laberinto del Minotauro. Ya la Cabeza de Toro no es. Es la Innombrable, quien nos espera en el siglo XXI, en el siglo donde el tiempo es un espacio o un cuadrado, el Monstruo.
Nota aclaratoria: Todas las frases en cursiva pertenecen al libro La Venus del cuerno de Lurima Estévez Álvarez.
[1] Los baños públicos, los apenas privados baños públicos hacían el milagro de aceptar a un leproso como Laertes. No importaban las llagas o el cinismo carnal de sus muñones; caída la toalla su regions falensis lo convertía en un agraciado anciano de tatuajes naturales con una extensa verruga a disposición del mejor postor. Creemos que el tal escribano era quien más apostaba.
[2] Con cortesía estoica, Zeus, le preguntó su nombre. Los recitó con éxtasis (aquí no tuvo nada que ver el parkisonil, la benadrilina, el meprobamato o el arsénico): Lury, Lily, Sombry, Lilian, Marila, Mi Amigo Max, Tullia, Luny, Lucillo, Elsy, Lurimar y el Desmoralizante Nani). Por favorecer la síntesis, la llamaré La Innombrable, aunque no descarte el empleo de los demás nombres, según sea la situación y créanme, son infinitas las situaciones.






1 comentario
No sabía que el Maykel Espinosa había escrito este texto tomando como subtextos La Venus del Cuerno. El texto quedó interesante… Mis saludos y mis mejores deseos para el Mikel y en general para los chicos y chicas de la AHS en la ciudad…