Los estados anímicos de los personajes

Por: Ernesto Peña González

Fecha: 11 de septiembre de 2008

Uno de los elementos esenciales en la configuración psicológica de los personajes consiste en crear estados anímicos verosímiles y transmitírselos al lector con eficacia. A continuación transcribimos algunos fragmentos donde se logra acercarnos a los personajes mediante la descripción de los estados de ánimo de los mismos.

Obsesión o pensamiento recurrente

Se acercó a la rueda de la ruleta sorbiendo del vaso de leche que le habían traído con la comida. Impulsó la rueda y dejó caer la bola blanca en la fuente. Ésta rodó por el borde; luego, entró en las ranuras y empezó a saltar arriba y abajo. Pensó en Boy. Se preguntó si vendría alguien para indicarle cuál era su habitación.

Pensó otra vez en Boy. Se planteó si la bola se pararía en un número rojo o en uno negro… Pero pensó sobre todo en Boy. La saltarina bola se detuvo en una ranura. La rueda se paró. La bola se quedó en el doble cero verde. Gana la casa.

(Apocalipsis, Stephen King)

 Falso autoconsuelo

Traté de consolarme repitiéndome una y otra vez: ‘esta cosa es una mera enfermedad, una afección física muy conocida, tan identificada como la viruela o la neuralgia. Los doctores están de acuerdo en esto, la filosofía lo demuestra. No debo comportarme como un tonto. He trabajado hasta muy tarde y, he de decirlo, mi digestión va muy mal; con la ayuda de Dios, pronto estaré bien; no es éste sino un síntoma de dispepsia nerviosa’. ¿Creía en aquello? Ni en una palabra, no más que cualquier otro ser miserable que haya sido apresado y oprimido por tal cautiverio satánico. En contra de todas mis convicciones, pudiera decir que incluso de mis conocimientos, simplemente estaba espoleándome una valentía falsa.

(Té verde. Sheridan LeFanu)

Anhelo de ser aceptado como amigo

Durante las vacaciones de verano, mientras sufría las incomodidades de trasladarse de un hogar a otro, aceptado y rechazado, Bill Roach vivió preocupado, pensando en Jim, pensando si la espalda le dolía o no, y qué hacía para ganarse la vida, ahora que no tenía a nadie a quien enseñar francés, y solamente la paga de medio trimestre para ir tirando. Peor todavía, Bill Roach se preguntaba si Jim estaría en la escuela cuando comenzara el curso, ya que Roach tenía la extraña sensación, una sensación que era incapaz de describir, de que Jim se encontraba tan poco arraigado en la superficie del mundo que cualquier día iba a caer en un vacío. Temía que Jim fuera como él, un ser sin el natural peso de gravedad preciso para tenerse en pie.

Recordó las circunstancias de su primer encuentro, y, en particular, las preguntas de Jim referentes a sus amigos, y Roach experimentó tanto terror de que, de la misma manera que había defraudado a sus padres, en el aspecto del afecto, ahora hubiera defraudado a Jim, debido principalmente a la diferencia de edad que mediaba entre ellos. Y, en consecuencia, Roach temía que Jim hubiera seguido su camino, y que ahora estuviera ya en otro lugar, buscando un compañero, examinando, con sus pálidos ojos, a los alumnos de otras escuelas. Roach también imaginaba que Jim, lo mismo que él, había tenido un gran afecto en su vida, un afecto que le había defraudado y que ansiaba sustituir por otro. Pero, aquí, el pensamiento de Bill llegaba a un callejón sin salida, porque no tenía la menor idea del modo en que los adultos se amaban entre sí.

Pocas eran las cosas prácticas que Bill podía hacer. Consultó un libro de medicina, e interrogó a su madre acerca de los jorobados, y sintió ardientes deseos de robar a su padre una botella de vodka y llevarla a Thursgood, a modo de cebo. Y, cuando por fin el chófer de su madre lo dejó ante la odiada escalinata, no perdió tiempo en despedirse, y salió a todo correr en dirección al Hoyo, y allí vio, con indecible alegría, el remolque de Jim, en el mismo lugar, en la parte más honda, un poco más sucio que antes, con una porción de tierra removida a un lado, para cultivar hortalizas invernales —supuso Bill—, con Jim sentado ante el remolque, sonriéndole como si le hubiera oído llegar, y hubiera preparado la sonrisa antes de que Bill llegara al borde del Hoyo.

En aquel trimestre, Jim dio apodo a Roach. Dejó de llamarle Bill, y le llamó «Jumbo». No alegó razón alguna del apodo, y Roach, tal como ocurre en todo bautizo, no se encontró en situación de poner objeciones. En agradecimiento de lo dicho, Roach se atribuyó el cargo de protector de Jim. En el mundo interior de Roach, el cargo se configuraba bajo la forma de protector—regente, un protector que sustituía al desaparecido amigo de Jim, fuera quien fuese.

(El topo. John Le Carré)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.