Por:Yamil Díaz Gómez
Fecha: 9 de mayo de 2013
Era la cuarta vez que Mario Conde desdoblaba el periódico. Ya no le podía achacar aquello a una sobredosis etílica, pues la nota había salido en primera plana, con un titular en enormes letras rojas y entre repetidos signos de exclamación: «¡¡¡SE ACABÓ EL TRIUNFALISMO EN NUESTRO PERIODISMO!!!».
La firmaba un tal Jorge Fernández Era y resumía, al parecer, una reunión muy importante:
¡¡¡SE ACABÓ EL TRIUNFALISMO EN NUESTRO PERIODISMO!!!
En una imponente asamblea, apoyada por una monstruosa ovación de todos los periodistas presentes, se acordó eliminar de una vez por todas ese flagelo que tanto daño ha hecho a nuestra prensa escrita: el triunfalismo. // Después de ser testigos de tan aplastante consideración, podemos afirmar que desde hoy queda suprimido todo vestigio de esa actitud superficial, conscientes de que así contribuiremos a hacer más corta la vida del imperialismo yanqui, al que le quedan pocos días de existencia.
«¡Manda carajo ?se dijo el teniente Mario Conde?: esto es lo más triunfalista que he leído en mi vida! Ese Fernández no Era: Es un idiota…».
Y ahora sí tiró el periódico sobre el sofá.
Se sirvió un trago largo como el adiós de Marlowe y Terry. Un fuerte olor a barrio entraba por la ventana y, para colmo de males, cuando empezaba a quedarse dormido, sintió llegar al Gago.
El Gago, nada menos que el Gago: un personaje peligrosísimo del hampa literaria que se dedica al tráfico de novelas bajo la noble fachada de una de una supuesta «Cruzada Semanal por la Lectura Inteligente». A otro con ese cuento.
-Conde, mi hermano, te traigo una pincha que yo sé que está dura, pero eres el único que me puede ayudar. Necesito me localices algún periodista cubano que, cuando tenga que repetir la palabra caña, no se baje con eso de «la dulce gramínea»; que sea capaz de poner cáncer y no «una larga y penosa enfermedad». Uno que no me hable de los problemas en pasado ni de los éxitos en futuro. Uno que vaya más allá del discursito maniqueo sobre lo bien que estamos nosotros y lo jodido que anda el resto de la humanidad. Uno que no me salga con lo de la «plaza sitiada» como justificación para no meter la mano en la candela. Uno que escriba, además, con sandunga… Uno que…
-Mira, socio, tal vez te pueda encontrar dos o tres periodistas así, pero habla claro: ¿qué quieres con ellos?
-El problema es que ahora estoy dirigiendo una editorial y necesito un libro de periodismo, pero que no sea lo mismo de todos los días.
-Ah, bueno, eso está querido: nuestro hombre en La Habana se llama Leonardo Padura. Yo no las tengo todas con él. A veces se distancia de mí, pero siempre terminamos reconciliándonos porque no podemos vivir el uno sin el otro. Óyeme: tiene un macuto de artículos que si tú lo publicas vas a parar las gradas. Él dice, Gago, que algunos son ensayos, pero te digo la verdad: los artículos de Padura son tan literarios y sus ensayos están tan apegados a las cosas objetivas, que no hay real diferencia entre unos y otros: para mí todo eso es periodismo, alto periodismo. En fin, lo que tú buscas. Y me parece que estás de suerte porque Padura me prestó ese original del que te hablo: le puso «Un hombre en una isla» y, como tiene una pinchita sobre mí, me lo trajo para que yo lo leyera. Te lo podré prestar por una semana, y tú me dices si te sirve.
Nada de una semana. El Gago se leyó todo en una noche y, además de las dieciocho llamadas telefónicas que hizo solo para comentarle al Conde lo que más le gustaba y leerle largos pasajes que el otro conocía mejor que él, a la mañana siguiente otra vez estaban cara a cara, botella por medio, el Gago y Conde (o mejor: Mario y el Gago, como diría Thomas Mann).
-La pusiste, mi hermano, la pusiste: este es el libro que necesito publicar o, mejor dicho, el que la gente necesita que se publique. Mira, no voy a hacerme aquí, con una trova de crítico literario, pero te quiero comentar dos o tres cosas. Primero, que Padura, como periodista, no se especializa en temas culturales, deportivos, económicos o históricos: habla de todo con la misma soltura: lo mismo de reguetón que de novela policial, de Capiró que de Walsh o Cachao. Busca a través de la narrativa el rostro de La Habana y a través de La Habana el rostro de la narrativa. Porque en lo que él se ha especializado en el ejercicio de la memoria como un arma moral. Y aparte de exponer en su libro «la institucionalización de la función propagandística» del periodismo nacional y «el lógico ascenso de la mediocridad de los confiables por encima de los sospechosos», se enfrenta a nuestra prensa aburrida, gris y estática de la mejor manera: escribiendo un periodismo interesante, colorido y dinámico, donde ya el optimismo no es un deber sino un trasfondo…
-Anjá —le acotó Conde.
Y el Gago se seguía emocionando:
-Lo segundo, mi hermano, es que Padura, tiene una especie de vocación sociológica: se vuelve hacia la educación, el deterioro urbanístico, la falta de información, la necesidad de debates más abiertos y sinceros, pero eso así: pretende arreglar el mundo empezando por Cuba. Y otro detalle que me encantó: en su ademán de sociólogo, subraya el valor de la cultura urbana, a veces preterida bajo el peso del tipicismo y folclorismo campestres. Yo pienso, claro, que las reflexiones de nuestros escritores sobre lo cubano no pueden quedarse en 1958, donde las dejó Cintio. Y que este libro habla en cubano, con la voz de una generación, a las demás generaciones. Aquí él recorre paisajes espirituales y físicos, en una búsqueda dramática y amorosa de su Habana y de su Cuba, en una mirada que se abre también a temas de las culturas ibero y norteamericana.
-¿Y lo tercero, Gago? ?preguntó Conde con la intención de que abreviara el discurso y con la convicción de que a su socio le están haciendo daño los posgrados sobre Literatura.
-Lo tercero… Diría que su sentido del equilibrio. Él puede insistir en su batalla contra cualquier estalinismo; él puede recordarnos que la barbarie acecha sobre el planeta; él puede encabronarse con las historias oficiales, bañadas y perfumadas, pero siempre sabe ser irónico y no sarcástico, crítico y no quejoso, y apartarse de la prensa triunfalista y entrar en la «crónica de la vida difícil» sin irse al otro extremo, vulgar y fácil, del catastrofismo.
Y, como el Gago se seguía exaltando, y ya ni siquiera gagueaba, Conde prendió un cigarro mientras le oía decir:
-Padura se detiene en temas como el mercado, el libro como producto, las nuevas tecnologías, la incomunicación entre colegas y todo lo que tenga que ver con el salto de la escritura hacia la literatura: en fin, cuestiones por aquí poco estudiadas, que sin duda forman parte también de la historia literaria. Y, hablando de historia literaria, nos tiende una trampa el muy maldito: con él los grandes escritores se convierten en grandes personajes: Piñera, tragicómico como su obra; Hemingway, vigilante de y vigilado por el FBI, el hosco Salinger… El libro exalta convincentemente una especie de heroísmo estético: arma un panteón lleno de héroes que son poetas, novelistas, músicos, artistas plásticos o peloteros. Sí, todos juntos, porque Padura aquí llega a asumir «la escritura como una competencia» y la pelota como una dramaturgia. Eso lo puede hacer quien es capaz de escribir un obituario electrizante como el que dedica a Salinger: lo mejor no es que dé la sensación de que él conoció a Salinger sino de que nosotros lo conocimos. Y, para que tú veas, en una obra de tanta diversidad temática hay una unidad profunda que da el tono, el habla (que es la del hombre común, claro que estilizada) y el punto de vista, pues todo lo observa desde Cuba y desde la literatura. Y hay otra cosa, Conde, que me encantó: el libro tiene una estructura marina. Habitualmente los autores ponen seguidos los textos sobre un mismo asunto. En cambio, aquí los temas van y vuelven como olas: La Habana, Virgilio Piñera, Heredia…
-Mira, Gago, el día que a Padura lo pongan de manager de pelota, el cuarto bate de su novena será Heredia. Por supuesto que Hemingway, Auster, Carpentier y Piñera van a ser regulares. Y me parece, por «Un hombre en una isla», que va a tener en el banco a los dos grandes Colón: a Cristóbal y a Willie.
-Conde, yo no sé nada de béisbol.
Pasaron unos tres meses. Y entonces otras dieciocho llamadas nocturnas del Gago en una sola jornada, le hicieron saber al teniente que el libro acababa de salir de imprenta.
Por fin, frente a la puerta solitaria, estaba el Gago con un ejemplar calentico, que incluye el justo prólogo de Lucía López y la excelente ilustración de cubierta de Ajubel…
-Dime una cosa, Gago: ¿cuál fue la pincha que más te gustó del libro?
-Creo que fue «Periodismo y literatura: de “España bajo las bombas” a La consagración de la primavera», porque es un estudio genotextual donde uno entiende de dónde salen las cosas en La consagración… (y de dónde no salen). Y queda claro cómo a veces un genio se ve limitado por su fidelidad a un dogma, por los deberes de una militancia.
-Bueno, Gago, a mí me preocupa que se haga una lectura ligera de ese trabajo y del otro sobre las cartas a Toutouche y piensen que Padura se nos esté convirtiendo en un anti-Carpentier.
-Mira, Conde, que revisen la obra toda de Padura y ya verán que no. Pero te voy a hacer una anécdota que conozco porque soy de Villa Clara. Tú sabes que Carpentier arrastraba la erre. Dicen que un día le preguntó a Samuel Feijóo: «Samuel, ¿qué te pagggreció La consagggración de la de la pgggrimavera?». Y que Samuel le contestó: «Una mieggggrda…».
-No es fácil, Gago, ese Feijóo… Bueno, a mí lo que más me gustó del libro fue la crónica «Mi pasado perfecto», porque conmueve esa saga familiar y ese homenaje a Mantilla, el barrio del autor. Ya tú sabes que en Cuba el mejor parlamento está en los barrios, y creo que un libro como Un hombre en una isla nos llega como una especie de larga y desenfadada cháchara escuchada en Mantilla, en el portal de los Padura. ¡Qué bueno que ya lo tenemos publicado!
Cuando el Gago se fue, el Conde botó las colillas recientes, se dio otros dos palos de ron y acarició el regalo. No podía creer que, en apenas tres meses, aquel amasijo de trabajos se hubiese convertido en un libro de tomo y lomo. Leyó por última vez la extraña nota que proclamaba «¡Se acabó el triunfalismo en nuestro periodismo!» y echó por fin el viejo periódico a la basura. Desconectó el teléfono para que no entraran llamadas de la Central. «Ahora voy a releer; los muertos que esperen». Se sentó en medio de su cuarto solitario, por cuya ventana entran los aires de la realidad y se enfrentó a las trescientas quince páginas impresas de Un hombre en una isla. «Se acabó el triunfalismo en nuestro periodismo —murmuraba el teniente Mario Conde—: a lo mejor, ¿quién sabe?».
Santa Clara, 20 de octubre de 2012.



