Por: Serguei Martínez Castillo
Fecha: 9 de mayo de 2013
Imagínense a un saltador olímpico a punto de comenzar su carrera de impulso. La multitud ruge, es su primer salto, y hay muchas expectativas. Se persigna, pide, y al recibir la señal comienza a correr. Cuando despega los pies del suelo se conjetura una elipse impecable, las cosas suceden como en cámara lenta, primero los pies, luego el resto del cuerpo y, cuando va a completar su ejercicio, la varilla se desprende y, con ella, el clímax todo. Es ese casi-lo-logra de una doble significación para el espectador. Significa primero la decepción que nace de las aspiraciones frustradas, y segundo la posibilidad real de que se cumplan en otra oportunidad.
He querido comenzar con esta analogía, porque refleja con bastante exactitud mis impresiones acerca de Si vives lo suficiente (Ediciones Sed de Belleza, 2012), del escritor Ernesto Peña González, autor entre otros títulos de Una Biblia perdida (novela con la que obtuvo el premio Alejo Carpentier en el año 2010) y, de más relevancia para este escrito, Museo de ángeles caídos y Te estaré mirando, ambos libros de cuentos, que anuncian ya la formación de este universo de Anfitriones, Cronistas y Mensajeros, perfilado ya con mayor intencionalidad en Si vives lo suficiente.
Una de las, a mi juicio, deficiencias neurálgicas que tiene el libro, es su ambigüedad genérica, que en este caso, a diferencia de clásicos como El hombre ilustrado y Crónicas marcianas, ambos de Bradbury, lastran considerablemente lo que pudiéramos llamar deseo de continuidad, propio de la novela, sin llegar a establecer, nuevamente redefiniendo términos, el cierre contundente, propio del cuento. En varias de las historias hay personajes que se repiten, pero en lugar de evolucionar, son meras figuras casi retóricas. Anastasia, Zariadris, Benjamín, necesitan un universo ficcional más amplio donde moverse, ya que tienen todo el tiempo. A veces los espacios son tan planos que nos cuesta creer que estos Seres los habiten. Y aquí caigo en la que considero la segunda y más importante fisura del libro. Imagínense en el borde de la puerta del closet que conduce a la tierra de Narnia, en el muro que separa las tierras misteriosas del norte en Juego de tronos, en la choza de Bilbo Baggins, desde donde solo se pueden apreciar algunas características de la Tierra Media; y es que así veo el universo que se nos compone en Si vives lo suficiente, esbozado débilmente con carboncillo, a punto de mostrarnos algo maravilloso e insólito, pero sin hacerlo aún. Necesita sin dudas más profundidad, más elementos identitarios, identitarios y a la vez maravillosos, porque ha de ser atrayente toda aquella historia que pretenda agarrar al lector y no soltarlo hasta la última página.
No debo dejar de resaltar la historia que considero ampliamente mucho más lograda dentro del conjunto: «La concubina». No por casualidad el cuento más largo, el más orgánico, el más emotivo. Hay también en estas narraciones otra dádiva de la que no podemos esquivarnos, nos guste o no, una combinación entre lenguaje, descripciones, escenas, nos remite al ámbito cinematográfico, indudablemente esto es una de las claves para hacer atractivo el libro. No es muy usual en las letras cubanas encontrar suspense, que por otro lado es muy demandado. Algo a su favor, elemento que bien usado podrá dotar a ese universo por nacer, digamos, de un alma. Hay muchas interrogantes que surgen a partir de aquí, que apenas se descubren en lo ya leído: ¿quiénes son los Cronistas, los Anfitriones, los Mensajeros? ¿Quién o qué los puso en la tierra para cumplir su cometido? ¿Cuál, en definitiva, es su función en este mundo? Porque en algún punto el lector se cansará de esas cuasi eternas persecuciones sin mucho sentido.
En fin, la barilla, ha sido nuevamente puesta en su sitio. El saltador se prepara para un nuevo intento, no es su última oportunidad, tendrá varias más (vencer esa altura lleva tiempo), y podremos ver entonces la parábola limpia que esperamos, podremos encontrar quizá un best seller en estos hipotéticos textos, sin duda, alterando un poco la preconcebida frase del locutor-psicólogo de la televisión, valdría la pena.




