Por:Idiel Alberto Romero García
Fecha: 28 de agosto de 2013
Nadie, salvo Él mismo, puede conocerle.
Tratado de la unidad, Abenarabi
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En uno de los textos más lúcidos del islamismo, en la tardía Edad Media, puede leerse que «Cuando se descubre el enigma de un solo átomo, se puede ver el misterio de toda la creación, tanto interior como exterior (1)Para Abenarabi, autor del Tratado de la Unidad, el único modo de alcanzar el conocimiento de Dios, y con ello todo lo que de su naturaleza fértil y creadora emana, es a través del conocimiento de uno mismo, lo que él llama el “propium”, o lo que es igual, la esencia interior de cada uno, el ser más recóndito de cada ser. Esta idea ya estaba en los textos filosóficos griegos, y probablemente haya sido importada de ellos. Recordemos el “conócete a ti mismo” que podía leerse en el oráculo de Delfos mucho antes del nacimiento de Sócrates. «Has de conocer lo que es tu “propium” —expresa Abenarabi más adelante—, es decir, tu existencia; has de conocer que en el fondo tú no eres tú, pero tú no lo sabes».(2) ¿A qué se refiere el filósofo con ese no saber lo que uno es? Evidentemente, para Abenarabi el hombre no existía por sí mismo, sino por la divinidad, y el conocimiento de sí mismo no es un simple camino para llegar al “propium”, sino también a la divinidad. Esto es una forma sutil de llegar a Dios, porque no se llega a Él a través de un ser externo, eterno, Omnipotente, Omnisciente y además inalcanzable al conocimiento racional, sino a través de uno mismo, pero para Abenarabi ese ser solo podía conocer a Dios por Dios, de ahí el «tú no eres tú». Esta variante para llegar al conocimiento de la divinidad encierra una complejidad, se hace imprescindible el sondeo del ser, y de las tres preguntas raigales de toda la vida humana: ¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? Incluso de: ¿Por qué y para qué somos? El acto de llegar a la divinidad exigía llegar al sí mismo, al “propium”, y esto es una empresa difícil, y en la ya larga historia de la humanidad, el hombre ha intentado encontrarse con ese “propium”. Pero no ha sido precisamente a través de la ciencia, sino de algo mucho más sincero y subjetivo: la poesía. Seguir leyendo