Por: Geovannys Manso
(un acercamiento crítico al poemario Siglos de sal, de Lisy García Valdés)
No es un secreto para nadie que la más joven poesía cubana ha corporizado —sin reticencias— los vastos dilemas y encrucijadas que nos donara la Cuba de los 90´.
Esas voces —siempre dispersas, signadas por el re(a)cio inmovilismo que impregnó a la nación— exorcizaron un entorno y una circunstancia negados a esplendentes utopías.
Tal vez por ello, Siglos de sal (Editorial Capiro, 2007) de Lisy García Valdés (Santa Clara, 1973) exorciza una vez más estos motivos, para entregarnos un poemario que establece profundos lazos entre el “querer ser” y la turbia falibilidad del presente.
Si en sus libros anteriores Mujer que pasó la noche quemando hojas secas (2002) y El inútil eco del cansancio (2005), su autora nos corrobora su apego a un discurso cuyas raíces reabsorben aquel “desasosiego casaliano”, en Siglos de sal, ese “desasosiego” alcanza una simbologización que implica, más que un reflejo del Yo, un estado generacional, o un estado de Isla.
Un énfasis muy conciente, muy explícito —dado en la sobreabundancia de verbos que intensifican y retroalimentan en sus versos la sensación de letargo, de quietud, de arritmia, de desamparo, de ser distanciado, frágil, presto a la no comprensión— nos confirma su anhelo por delimitar un espacio y un tiempo no siempre luminosos y donde el hombre ha de cuestionarse —una y otra vez— su origen y su destino.
La ciudad —ente diabólico, antropofágico, dantesco— emerge con su cuota de ostracismo, de soledad, hasta decantar figuraciones y soliloquios que impregnan al libro de un carácter cinemático, expresivo.
La ciudad se torna “innombrable”, “manojo de aves rotas al atardecer”, “mazmorra”, “celda obligada a las sombras”, “extraño lugar”, “graffiti agonizante”, “sitio común”, “presagio del silencio”.
Una y otra vez, como quien oprime el obturador de una vieja cámara fotográfica, Lisy García nos revela y nos devela un paisaje árido, glacial, donde los signos de la incomunicación obnubilan y cercenan todo hálito de interrelación.
Ya sabemos que “todos los iniciados tienen necesidad de una ciudad, de un lugar. A veces les es más necesario este lugar que la palabra”. (María Zambrano)
Siglos de sal entraña —más bien—, una no necesidad, o al menos, la preeminencia de “la palabra”, del signo que define y testifica la encrucijada de existir sujetos a la Nada , a un plano bidimensional donde espacio citadino y Ser, parecieran distanciarse, como única forma de diálogo, o de no diálogo, como bien lo testifica su poema “Pregunto por una ciudad”:
Duele crecer,
las cosas van quedándose pequeñas.
Pregunto por la ciudad que prometiste,
mas es el eco a mis oídos, una isla.
(…)
Deseo escaparme de este mundo,
de esas luces que invaden las aceras.
En oposición entonces, su sujeto lírico asimila las esencias del cristianismo y bipolariza —ya sin sarcasmos, ya sin diatribas— su discurso: Ciudad vs. Dios/ Irrealidad palpable vs. Ubicuidad/ Circunstancia vs. Otredad/ Demencia vs. Orfandad, destacan como dualidades que reinstauran una otra calidad a la quietud y al desasosiego, esta vez gravitando sobre lo ignoto, lo imperecedero, o la duda como único vestigio de alcanzar la verdad en tanto categoría teológica, más que filosófica.
Recordemos que “la historia de la poesía moderna es la historia de las oscilaciones entre estos dos extremos: la tentación revolucionaria y la tentación religiosa”. (Octavio Paz)
Siglos de sal, sin ser un cuaderno de acendrada reverencia ecuménica, sin llegar a ser un manifiesto de la inevitable reencarnación de Jesús entre nosotros —utopía que define uno de los rasgos más profundos del cristianismo—, sí manifiesta una lúcida intercomunicación con sus preceptos, estableciendo —de algún modo— un cauce abierto, donde la fe en Dios, en su omnipotencia, en su omnipresencia, en su ubicuidad, basta —a ratos— para desacralizar temores o restituir cierto equilibrio escindido entre el Hombre y la Naturaleza.
Su poema “El golpear de las rocas”, perteneciente a la sección “País olvidado por el mar”, grafica —tal vez como ningún otro— estos vestigios:
Señor,
el mundo ha enmudecido,
me deja llover con sus cristales.
Echada hacia atrás finjo que la vida,
es ese suspiro que olvido
en el amor,
en una isla.
(…)
Estoy en medio del océano
(húmeda espalda),
mi isla es el tallo desecho,
tengo heladas las piernas.
Señor,
el mundo susurra a los oídos,
tus criaturas escapan con mi cuerpo.
Una fortísima asunción del tiempo que transgrede toda linealidad, toda enumeración furtiva de ese continuum sucesivo que implica un cierto grado de sujeción, de claustro, de dominio, de esclavitud inoperante, se traduce en estos versos indóciles, constantemente encabalgados, fragmentarios, que ostentan —a no dudarlo— la pulcritud serena del orfebre renacentista.
Es allí, precisamente, donde Siglos de sal enarbola su organicidad: en esa recurrente reubicación de los sintagmas, de los verbos, de los adjetivos, de los sujetos; en su no distanciamiento de un corpus poético insular que absorbe —ahora mismo, sin ligerezas— lo más pétreo de su ancestral tradición; en su grado casi absoluto de sintetización; en su intertextualidad subyacente; en su perversa cualidad dual de ser —a la vez— un texto irreverente, díscolo, que penetra los abismos del Ser, para luego trasmigrar —como una marea lenta que se retira de la orilla— en liturgia bautismal, en salmo, en antífona, en oración, en sacramento.
A esta dualidad, sin embargo, se imbrica la sal que para Lisy García reanuda el ciclo agónico de Sísifo invocado por Albert Camus: trama y envés del presente; continuidad y puente entre lo sagrado (atemporal) y lo impuro (sucesivo); metamorfoseada en imágenes, en hallazgo tiránico; vicio y censura; torpeza; vacuidad; castigo.
De estos múltiples caminos —no exentos de una vertical y rotunda claridad— se funda la persistente memoria de Siglos de sal.
Ellos han sabido hurgar —sin temor a las sombras— en un terreno álgido donde Hombre y Memoria, donde Dios y Tiempo coexisten entre cansancios tutelares que no cesan, que no cesarán de advertirnos su presencia en la poesía cubana de ayer, de hoy, y de todos los tiempos.




