Por: Oreste Macrì (Traducción y notas de Pedro Llanes)
Fecha: 9 de mayo de 2013
El poeta cubano Cintio Vitier será septuagenario el 25 de septiembre de 1991, él ha legado a nuestra patria literaria el manuscrito inédito de una última etapa de su poesía (1981-1988) al cuidado del hispanista de Turín Giuliano Soria. Soria fue discípulo de Giovanni Maria Bertini y desde un inicio su colaborador en los renovados y meritorios Quaderni Ibero-americani; deseo señalar además su labor como secretario del Premio Grinzane-Cavour, el cual descuella entre los más calificados, prototipo en la promoción didáctico-literaria hacia los estudiantes de escuelas secundarias, al facilitar un coloquio de estos con los narradores premiados. Sirva este apunte biográfico para comprender la directa e interior participación de Soria en el mundo y la literatura de resistencia humanista-cristiana a través, hoy, de su exponente mayor: Cintio Vitier, su poesía y obra crítica, estrechamente ordenada y unida entre sí. He dicho resistencia, no rebeldía; en este sentido, una obra educativa y reformista que se sitúa en las raíces terrenas de los apremios populares comunes de acuerdo con los evangelios. En este accionar literario la mejor intelectualidad cubana se asemeja a la nicaragüense, tanto en la revisión de los ideales del renacimiento republicano como en la vigilancia y circunspecta adhesión a la nueva democracia. De ello es prueba la correspondencia de Vitier con el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra y su común amistad con el español José María Valverde, a quien Vitier dedicara «Los límites futuros», en la selección que nos ocupa.
El libro lleva por nombre: Cintio Vitier, fogli dispersi, al cuidado, como habíamos dicho, de Giuliano Soria (Bulzoni Editore, Roma, 1990, 180 pp.); el título original es Hojas perdidizas, en principio «hojas apartadas, a la espera de repensarse y luego ser publicadas». El volumen consta del texto español al frente de la traducción correcta y alerta al significado complejo de la poesía vitieriana, con una densa introducción y nota biobibliográfica, aunque resulte notoria la escasa fortuna de estas gestiones en Italia (las traducciones son de G. Bellini, Tentori, Collectivo R, E. Clementelli y A. Porta; no está incluido en Poeti ispanoamericani, de M. Ravoni y A. Porta).
¿Qué hace a este texto notable? Resulta el primer libro orgánico de Vitier publicado en Italia y de esta manera —como lo presenta el seleccionador— summa, reelaboración, intensificación de los motivos, símbolos y figuras de las obras anteriores de su poesía, con crítica implícita, ilustraciones y comentario interno; de ellas Soria cita varios pasajes y se vuelve continuamente, no sin dejar de referirse a los poetas y críticos anteriores y coetáneos. De tal suerte, el ensayo introductorio intenta interpretar en unas sesenta páginas de espacio sección tras sección, por medio de acuerdos y recapitulaciones acerca de la composición individual, la poética simbolista-hermética de Vitier, sincretística por razones de múltiples factores unidos entre sí y a la misma vez sinérgicos: simbolismo francés (infierno revelado en Baudelaire, visión de Rimbaud, memoria proustiana del tiempo perdido y recobrado, palabra motivada de Mallarmé, poesía en acto de Valéry); poética que es singular y de excepcional modernismo, cósmico naturalístico y de humana realidad cubana al lado de las otras naciones latinoamericanas e indias de José Martí, apóstol y mártir de la libertad de su patria: «post-vanguardismo» que al ser negado asimila de lo mejor del experimentalismo cosmopolita de la avant-garde mientras recupera valores y costumbres ancestrales; la especulación teológica de Santo Tomás a través del neotomismo «viviente» y la filosofía de Maritain incluyendo de manera correcta una arista agustina de individuación soteriológica-biográfico-existencial, en fin, la gnosis magistral neoplatónica-pitagorizante, arrolladora y directriz, y además metafórico-analógica-teórica traducida en la praxis expresiva de José Lezama Lima, el fundador de la revista Orígenes (1944-1956) y otras revistas vueltas al centro de la nueva poesía y meditación cubanas, que confluían con la visión del Juan Ramón Jiménez del 36 y la antología dirigida por él: La poesía cubana en 1936. El grupo generacional de Verbum (1937) hasta la ya citada Orígenes se había antologado en Diez poetas cubanos (1937-1947), publicada por Vitier en 1948. El inicio renovador dentro de la tradición también fue observado en sentido de convivencia de la poesía pura juanramoniana, superada en «la perfección que muere de rodillas», de la misma manera en que Juan Ramón ya había hispanizado el Verbo de Mallarmé en el acto de colonizar (en sentido helénico) la Magna Hispania continental, criolla verdadera.
El elemento religioso fusionado con lo adamítico-cubano se puede ver en algunos miembros del grupo Orígenes, por ejemplo, el poeta y sacerdote Ángel Gaztelu, a quien está dedicada la poesía «Esos árboles», expresión del espíritu creatural antropomórfico, cósmico-animístico como se refleja, se concientiza y se conceptúa en la poesía de Vitier. Me complace recordar que otro religioso, el Padre Azarías H. Pallais «flamenco» leonés de Nicaragua, juglar de Dios e inspirado fundador del modernismo cristianizado, del simbolismo de Poe y Verlaine, de la elegía campesina de Francis Jammes fue maestro y animador del grupo nicaragüense un poco antes que el otro lezamiano, en aquel sobresale la persona y obra poética del recordado Pablo Antonio Cuadra, director del Cuaderno del Taller de San Lucas. A la generación anterior se sumó José Coronel Urtrecho, promotor de la revuelta de la avantgarde hacia el modernismo; un cálido «Perfil de Coronel» se encuentra en la última sección «Visitas» del libro de Vitier. Sobre la primacía de Cuba y Nicaragua sobre todo en el aspecto espiritual y religioso me permito señalar mi ensayo «Valori della poesia ispanoamericana (sul filo dell’ antologia di Tentori)» en esta revista (n. 47-49, 1975-1976, pp. 336-345); puede servir también para contrastar el hermetismo cubano-nicaraguense y el italiano de Rebora, Ungaretti, Onofri y profundizar en la inspiración franciscana y toscana del grupo florentino «Frontispizio» (Lisi, Betocchi, Fallacara, hasta Mario Luzi).
Lezama Lima fue más que poeta y literato, gestor y maestro de poesía y literatura como Unamuno en España, Charles Péguy en Francia, Boine en Italia, Kierkegaard en Europa. Una síntesis de su personalidad se encuentra en su exitosa novela del 66 Paradiso, traducida al italiano por A. Storchi y U. Riva. Simbolizado casi de forma joyceana y dantesca en el protagonista a través de un patrón expresivo gótico novecentista, anagógico surreal dentro de la tradición barroca: el poeta cubano describe el proceso iniciático de la verdadera y última vida del espíritu y de la salvación. Los dos registros, el originario de un Dios-Natura (¡el sentido del título de su revista Orígenes!) y el modelo del homo faber se dialectizan en su íntima unidad, este arcano del destino y la salvación ha sido interpretado en la poesía a través de la ausencia y el dolor por la pérdida del padre y los amigos y la intervención educativa de una especie de pedagogo, de Quirón. Esta misteriosa figura identificada en Virgilio-Dante lo instruye con una visión superordenada respecto a las culturas y civilización autóctono ancestral y occidental capitalista.
A Lezama Lima y su esposa, Vitier dedica «Las palabras empezaron», desideración angustiosa del Verbo definitivo, católico, fundado fuera del cosmos en el voto místico, la nada, la ausencia de las palabras empíricas como falsas y humosas respuestas humanas percibidas de los referentes nouménicos: palabras-frambuesas, estrellas, mariposas,3 etcétera. Nos encontramos en el centro de la cosmovisión lezamiana elaborada por Vitier y hecha ya propia; estos son los principales arquetipos simbólicos que retornan, sagrados emblemas que Soria muestra y analiza con brevedad en los textos vitierianos, de poesía en poesía: la unión nupcial de una profunda e inocente pureza, de donde parte la obra humana, la cual es el aroma amable y límpido que resalta en los mayores poetas cubanos y nicaragüenses como los de la España matriz; la compañera de Valverde, la «pareja» de Jorge Guillén, la esposa en el Poeta recién casado, de Jiménez hasta llegar a la Francisca de Rubén Darío; la memoria creadora, el silencio como oculta energía de la palabra, el arco en la estructura contrastante de los oxímorons de vida y muerte, luz y tiniebla, silencio y clamor, etcétera. Justamente Soria insiste sobre dicha memoria creadora y enamorada que se diferencia de la proustiana por una consistencia y valor de presencia viva y rescate de la autenticidad, originada por formas y afectos familiares, amorosos, terrenos, de amistad. Por eso, la poesía logra este milagro verbal de un eterno absoluto, de indefinida revelación del misterio en su esencia. Soria cita en el «El saber poético» sintagmas significativos del propio Vitier: «deseo nupcial», «hogar de la poesía», que es el auroral de la infancia inocente y llena de conocimientos sobre el individuo y sobre el pueblo natural-divino. En este sentido el simbolismo occidental, hegeliano-mallarmeano de la vida y de la absence,4 recubre el primer romanticismo homérico-bíblico y popular de Vico, Hamann, Herder. Toda la nueva generación hispanoindioamericana reaccionará no sin grave riesgo dentro de este retroceso neorromántico común contra el occidentalismo modernista y de vanguardia con su cuadratura de círculo entre símbolo y selva; peligro del gouffre5 místico dentro del inconsciente colectivo, pancronia estática donde se extravía el individuum ineffabile poético en su personalísima diferencia, confusión del hombre genérico, vacío y pasivo como pálido reflejo arquetípico de un verbo remoto e inalcanzable.
El «hogar de la poesía» es más genuino y natural dentro de la «familia» reordenada por Cleva a quien se le ha dirigido una «Carta…» que no pertenece a la misma sección «Visitas», «La casa de Lezama», místico templo y sitio sibilino de un gran santo budista benedicente, encerrado con sus extraños discípulos enumerados: enigmáticamente irónico, rector de exquisita tropa trascendental:
Decapitado en el marcador / de […] aguilar; me mira sin mirarme; sabio mandarín; los tres, los dos o los cuatro; bocanada de ironía indescifrable, gruta submarina; flora inventora / suprema de las cosas, oh Dios, oh dioses, este es el sitio. / Las columnas graciosas […] la ventana cerrada […] la puerta oculta; usted recibía con el peso / de toda pesadumbre que se alza / a bendecir al peregrino; ceremonia de Orfeo; la casa del análogo; brisita nupcial de la metáfora. («Casa de Lezama»).6
El lector no ambientado debe hacer un esfuerzo para incluirse en este pathos evocativo, así como para entender «La casa del análogo» y acomodar la «brisita nupcial» al término técnico «metáfora». Lezama Lima fue a decir verdad un animador y maestro, antes que de la letra, del espíritu literario cubano. Su complejo sistema gnoseológico-metafísico, dinámico y contradictorio es de carácter ascético, medievalizante; con su abstracta utilería trópico-arquetípica que se funde a formas variables de épocas y poetas. Vitier en Lo cubano en la poesía (La Habana, 1970, p. 441) indica ad es: «Garcilaso, Góngora, Quevedo, San Juan de la Cruz, Lautréamont, el surrealismo, Valéry, Claudel, Rilke». Más adelante revela el concierto sinfónico y el logos spermatikós de muchos poemas, la poesía como reino germinal de las imágenes, criollismo, gauchismo, la fuerza totalizadora de sus intuiciones, teología y teodicea poética, y más aun. Vitier recuerda en la poesía citada las «inexplicables» y «oscuras adivinaciones» durante los mágicos encuentros con el maestro, la formación de «una misteriosa familia de amigos», la turbadora lectura de Enemigo rumor (1941) después de la revista Espuela de Plata.
Todos los miembros de la «familia» [de Orígenes] bebieron de los textos lezámicos, se embriagaron de su hálito edénico, pero a veces evadiendo el «sistema» como Eliseo Diego, que en fragmentos felices, crepusculares, de preciosa factura se inspiró en el «tiempo de lo criollo», llevó «por los extraños pueblos» todas las cosas, objeto por objeto nominado: el agua, la casa del pan, el paraíso perdido, el gato real, la pequeña historia de Cuba, la oración por la familia, el oro, la luna, el pobre, mi rostro, los trenes y así infinitamente. Hago estas citas de Nombrar las cosas que el querido Eliseo me regaló en 1973 y que releo a ratos de manera constante, alivio que recibimos solo de los poetas menores, pero no menores, es decir, auténticos, alejandrinos, en el mejor sentido.
El destino y la voluntad poética de Cintio Vitier ha sido diferente con respecto a sus compañeros, única: fidelidad al sistema gnóstico-lezamiano, estudiado por él críticamente, elaborado y pulsado de forma poética bajo un propio y original fundamento cristiano y lárico, para llevar así a la poesía cubana a un nivel superior de síntesis simbolista-intimista, intelectual, cordial, con contrapunteo de los grandes conceptos y términos abstractos que implican ocasionales y mínimos datos autobiográficos, empíricos y existenciales. De tal suerte se sustantiva la teología de la poesía, los mitos familiarizados, el iter mistérico de la salvación, la realidad onírica y la frenética fantasía desiderable. He aquí algunas imágenes de su representación poética: el pasado-presente de los ancestros que salen de noche a comer «guayabas»,7 la diosa Atabex,8 quien sonriente vuelve a la mañana, el padre redivivo entrevisto en una frase del abecedario de la infancia (¡cuasi machadiano, quiero decir de Antonio!), escondido de la abuela detrás de la cortina, la patria cubana llevada en la valija durante todos los viajes: de los que vuelve convertido en hijo pródigo; toda Florencia se graba en la figura del viejo camarero del hotel Porta Rossa, Aurelio, como el «cocinero» sobre el cual Eliseo Diego interroga a una «señora de Florencia» (un buen día se deberá compilar una antología sobre Florencia y los poetas ibéricos); la muchacha danzante en Loíza interrogada sobre su misterio astral de libertad y amor, la solitaria anciana chilena con su cabra; toda la casa cubana, campos que abrazan, arroyos, plantas, la esposa (Fina García Marruz de la cual traduje hace veinte años un bello poema sobre César Vallejo) que se ocupa de las tareas domésticas mientras el silencio inspira la escritura análoga (¡analogía real!), el esfuerzo en el estudio como oficio mistérico equivalente (¡poesía hecha en casa!) el indio y sabio Samuel que le ha regalado una caja de conchas, símbolo enigmático pero concreto del ser irresuelto, las gratas apariencias fugadas de la naturaleza en la felicidad de la vida (el n. 6 de la admirable serie «El horno y el pan»).
Esta, por ejemplo, es la materia natural-poética simple y pobre, en su cordial sublimidad de la palabra vitieriana, la lengua viva de visión palpable como el ver el sol de la palabra, el viento, la profecía carnal (en la misma serie). Un ejemplo agudo unido a la raíz familiar del símbolo salino vida-muerte lo constituye la poesía «En la muerte de mi hermano». Cintio evoca la mixtura [mistione] de sal, lágrimas-olas sobre su cuerpo al nadar: el hermano que bromea y lo salva de ahogarse, lanzándole una cuerda: momento agónico pasado de júbilo-temor que ahora se renueva —pero más vivo de la memoria actual en el cuerpo físico de la poesía— en la muerte de él; muerte, en la cual «Solo […] seremos verdaderos hermanos».
Soria da particular y justísima atención al más bello poema de la selección, «Carta a Cleva» dentro del campo semántico del misterio junto a «El encuentro» y «Espejo de Dostoievski» «antro oracular de la auscultación». El nombre «Cleva» está explicado como clave de la décimofracción (a manera de anagrama) mistérica de acuerdo con «una serie de epifanías de la memoria» a las que pertenecen los arquetipos, y entonces Soria detalla un pasaje autobiográfico del poeta. En efecto, bajo los símbolos divisamos la vida real, hechos y datos objetivos sin palabras que sirven solo al poeta para ayudarlo a mediar con respecto a su noumeno absoluto, no con respecto a los chicos, a los pobres, a los animales, a los ancianos y las plantas que este absoluto expresa directamente, así lo son ellos mismos como Cleva. Dice de ella «amica come un cerbatto»9 inquieta de preguntas que mira en el desván, en el traspatio; trae «sacchi di cose, non di parole […] ali»10 al igual que la jaba de conchas que Samuel regalara al poeta «vestita […] da paesana», «impavida, guerriera […] inesorabile».11 Me da la impresión de una sirvienta, criada, afiliada o dueña dentro de la servidumbre secular, centro que rige la casa hispanoamericana, con su lengua, gestos, costumbres, proverbios, de los cuales se alimentan los hijos con fascinación de los padres (esta no es una anotación propiamente psicológica que yo haga). Cleva muda, dotada de sapiencia natural y astral, destinada por las constelaciones a la salvación del hogar: «La famiglia si disperde […]. Ma arriva Cleva»12 luz del «tenebroso viaggio» de la vida. Bajo el velo de «señora» se esconde el mismo arquetipo numinoso y salvífico, no analizable en cuanto es poéticamente objetivo en su doble aspecto de símbolo y realidad.
Al final de su introducción, Soria, después de haber descrito y ejemplificado a través de sus textos la poética gnoseológica hermética vuelve a escoger algunas poesías significativas con la intención de mostrar la otra poética o un mismo registro de la misma:
Existe toda una poética anímica psicolírica, expresión directa y pura de lo cotidiano, acercamiento de pequeñas emociones y de pequeña intimidad […]. Un poco escondida, un poco extraviada […]. Sobre esta reflexión intimista se inserta la parábola del «lezamismo», gran magisterio de neoplatonismo, de orfismo, de abstracción, de hermetismo. Se trata de dos dinámicas complejas, una intimista, otra intelectualizada […].13
La fenomenología de las dos poéticas convergentes es muy acertada:
[…] que frecuentemente conviven mientras otras veces el grandioso diseño neoplatónico y órfico parece casi cubrir la trama del intimismo anímico y espiritual propio de Vitier. Otras veces, los dos núcleos conviven en un único aliento teleológico, este es el momento en que se unen de manera sincrética el proyecto de trascendencia del «lezamismo» y el proyecto de trascendencia cristiana característico de la espiritualidad de Vitier.14
Estoy de acuerdo con Soria en el reclamo [auspicere] a la futura crítica sobre Vitier (pero también a toda su generación a la cual se puede extender el asunto) la búsqueda y profundización sobre estas «dos almas» y siempre siguiendo la ecuación de los textos.
Incorporo aquí a continuación algunas notas integrativas. Del propio Soria «La sustancia del imposible» (Sobre la poética de Cintio Vitier), publicada en Conciglio Nazionale delle Ricerche […] / Africa America Asia Australia, 9, Bulzoni, Roma (Atti, 1989, pp. 123-131). Ello confirma la atención inicial de Soria al sistema lezamiano-vitieriano, a la estética más que a la poética del Verbo como se documenta en el gran libro de Vitier Poética (1945-1961); lo esencial está retomado y profundizado en la introducción que ya examiné: del Verbo a la Palabra en su estructura metafórica-anagógica, descifradora del cosmos en la poesía oracular. Soria trae a colación aquí fragmentos poéticos de Vitier que versifican tal poética, incluso, la Summade Santo Tomás.
Acerca de la afinidad entre Cuba y Nicaragua, a propósito de las figuras literarias de Vitier y en particular el oxímoron, propio del «lenguaje de lo inefable» del mismo, Soria es autor del ensayo: «Análisis del soneto “Yo” de Alfonso Cortés / Apuntes para un estudio del oxímoron, de la antítesis, de la paradoja» en esta revista n. 45-46, 1974. En ocasión del centenario de Rubén Darío estuvieron en Managua, Campana y el nicaragüense Hernández con quien hice relación, estático, dulcísimo, un tanto extraviado, asistido de forma maternal por su hermana; de él traduje varias «Líricas» en una vieja revista de Parma «América Latina: tríptico nicaragüense (Coronel, Pasos, Cuadra)», I,1, 1952, además de una poesía de Nicolás Guillén. Joaquín Pasos, muerto a los treinta y tres años, compite con Cuadra por la palma de esta generación poética, autor del estupendo poema «Canto de guerra de las cosas» traducido por Tentori en la antología citada y con gran relieve dentro de la concisa Letteratura ispano-americana deBellini (Firenza Sansoni-Accademia, 1970, pp. 347-349.) donde hay fragmentos traducidos del mismo.
En el campo de la tendencia crítica (y afectiva) de Soria por la literatura hermética pueden adscribirse también otros dos trabajos de traducción y presentación. El libro de relatos Más allá, del uruguayo (desechemos lo uruguayesco, madrileño, hispanoamericano con guión, lo borgiano) Horacio Quiroga, poderoso maestro junto al argentino Ernesto Sábato del relato fantástico en el cual se exalta el componente alucinado del imaginario dentro del más crudo realismo sui géneris, o sea, interiorizado a una metaexperiencia y metafísica del ir más allá; bien que con este adverbio se haya vertido el título de la selección (Solfanelli Editore, Chieti, 1989). Dentro de la misma literatura fantástica sub specie, policiaca (ejemplo del simbolismo poético hermético es el principio poético de Edgar Poe) se puede considerar la novela El estruendo de las rosas, ensayada, apunto, a partir de Ernesto Sábato por el bonarense Manuel Peyrou: Il colpo delle rose, edición al cuidado de Giuliano Soria, Lucarini, Roma, 1990. La «interpretación» sinonímica infinita me parece a mi sabatiana, no borgiana, por una causa no lúcido-sofística, sino de fondo histórico-existencial: núcleo trágico del tiranicidio culpable quizás de una oscura humanidad que remite a un demiurgo gnóstico-satánico análogo al pathos del «complot» sectario de Abaddon, el exterminador de Sábato. La intención secreta de Peyrou aparece velada dentro del género policiaco, pero Soria con análisis mejores nota sagazmente los bastidores de una otra realidad de resistencia al tirano, justiciera, así como la matemática policíaca de las huellas, de la duplicación especular, de la equis por resolver resulta una defensa, un tranquilizante, en forma hipotética, la obsesión por la execrada dictadura, despectivamente sin hacer mención a su nombre real; cuanto más real es en toda su angustia, más insoportable. Recordemos que el dictador de aquel continente hispánico sería un arquetipo (estudiado por Martha Caufield), el «supremo», la Incógnita en la cual caza, hallazgo y aniquilación deviene el lugar de convergencia de policía (en sentido etimológico del latín politia y del griego politeia), de una especie de Onu eterno-modélica (mente intelectual y corazón popular) como en este momento de la historia humana.
Notas:
1 «Poesia di Vitier tra símbolo e realtà» (Sul filo di una edizione di Giuliano Soria), Quaderni Ibero-americani, 69-70, Giugno-dicembre, 1991, Ciclo XVIII, V. IX, pp. 308-315.
2 Hispanista italiano nacido en Maglie, Lecce, en 1913 y muerto en 1998. Licenciado en Filosofía en Florencia. Difusor en Italia de la poesía española del siglo xx. Publicó varios libros sobre Métrica-sintagmática. Uno de los principales críticos de la lírica hermética italiana.
3 Estas palabras son entresacadas por Macrì del poema de referencia dedicado a Lezama y a María Luisa.
4 En francés en el original.
5 En francés en el original, «abismo».
6 En español en el original. Puede verse también en Cintio Vitier, Poesías 3, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 79-80.
7 Según el mito taíno recogido por Fray Ramón Pané (Relación, Cap. XII y XIII) los muertos que viven en la región de Coaybay salen por la noche a comer guabazza (guayabas). Estos muertos no tienen ombligo, son operito, muertos. Tomado de Juan José Arrom: «Mitos taínos en las letras de Cuba, Santo Domingo y México», Certidumbre de América, Editorial Letras Cubanas, 1980, pp. 56-73.
8 Madre de las Aguas y la fecundidad taína.
9 En «Carta a Cleva» aparece: «amiga como un cervato», en Cintio Vitier: Ob. cit., p. 53.
10 Ídem: «sacos de cosas, no de palabras […] élitros».
11 Ibídem, p. 54: «vestida […] de aldeana […] impávida, guerrera […] inexorable».
12 Ídem: «La familia se dispersa […]. Mas llega Cleva».
13 Sin referencia bibliográfica en el original.
14 Ídem.




